La cima del Pico del Cuervo era una losa de piedra desnuda azotada por un viento que parecía hecho de cuchillas. Desde allí, el reino de Eldoria se extendía como un tapiz en miniatura, la capital un brillo arrogante en la distancia. En el centro, sobre runas de tiza y sangre de hierba, Rylan y Althea formaban una única silueta contra el cielo. Él detrás, ella delante, sus cuerpos casi fundidos por la necesidad y la proximidad. Sus manos se entrelazaron no como amantes, sino como dos cables de alta tensión que debían completar un circuito mortal. —¿Lista? —su voz era un rumor grave a su oído. —Siempre —mintió ella, sintiendo el primer escalofrío de terror verdadero. Él inhaló. Y el mundo se detuvo. Althea lo sintió de inmediato. No como un torrente, sino como el despertar de un volcán

