El mensaje llegó no en un pergamino, sino en la punta de una flecha que se clavó en el tronco del árbol de guardia justo antes del amanecer. Atado a ella, un trozo de tela fina de los toldos del campamento, manchada de barro y... sangre seca. Envuelto en él, un anillo de plata sencillo, del tipo que usaban los jóvenes aprendices del clan. El mensaje era claro: Dorian tenía a uno de los suyos. El campamento se sumió en una tensión silenciosa y feroz. El adolescente, un muchacho llamado Finn, había formado parte de un grupo de exploración que no había regresado. Ahora sabían su destino. Rylan convocó un consejo de guerra. La tienda estaba cargada de una ira contenida y helada. —Es una provocación —declaró Kael, su puño cerrado golpeando la mesa de pieles—. Quiere que carguemos ciegos, qu

