La farsa surtió efecto. Tras semanas de docilidad ejemplar, de sonrisas vacías y conversaciones insípidas, Dorian empezó a mostrarse más relajado en sus visitas. La jaula, al parecer, había cumplido su función. —Tu serenidad estos días me ha conmovido, Althea —comentó una tarde, observándola mientras ella bordaba un patrón intrincado y sin vida—. El reino necesita estabilidad. Y yo necesito saber que puedo confiar en ti. Althea alzó la vista, permitiendo que sus ojos reflejaran solo una resignación triste y bonita. —He entendido que mi lugar está a tu lado, Dorian. No lucharé más contra lo inevitable. —Cada palabra le sabía a hiel, pero las pronunció con la dulzura de la princesa del cuento. Él sonrió, una expresión que por primera vez en semanas parecía casi genuina, alimentada por su

