La decisión había cristalizado en su interior, fría y afilada como una hoja de acero. Ya no era Rina atrapada en un cuerpo ajeno, ni Althea la princesa ingenua. Era algo nuevo, una fusion determinada a sobrevivir. Y para sobrevivir, necesitaba información.
Su primer objetivo fue la biblioteca real.
Era una catedral de conocimiento silencioso, con estanterías que se perdían en la penumbra del techo abovedado. El aire olía a papel antiguo y a polvo sagrado. La Althea original, según sus recuerdos, solo venía aquí para buscar volúmenes de poesía. Pero Rina buscaba una historia diferente.
Fingiendo interés casual, pidió a la bibliotecaria crónicas de los reinos vecinos, específicamente historias sobre las Tierras Altas del Norte y el Clan de la Espina Negra. La mujer, una anciana de ojos penetrantes tras unas gafas de cristal grueso, la miró con curiosidad.
—Es un interés inusual para vos, Alteza —comentó con suavidad mientras buscaba en un estante polvoriento.
—El príncipe Dorian mencionó los... desafíos en la frontera —improvisó Althea, manteniendo la voz serena—. Quisiera entender mejor a aquellos a quienes algún día gobernaremos.
La excusa sonó convincente. La bibliotecaria asintió y le entregó un volumen pesado y encuadernado en cuero oscuro. "Anales del Confín Norte: Una Recopilación".
Se instaló en un rincón apartado, la luz de una lámpara de aceite iluminando las páginas. Lo que leyó no fue la historia de bárbaros sedientos de sangre que Dorian había pintado. Hablaba de un pueblo orgulloso y nómada, profundamente conectado con la tierra y la magia natural que fluía por ella. Hablaba de un tratado roto décadas atrás por el abuelo de Dorian, que había usurpado sus tierras sagradas y los había arrinconado en las montañas estériles. Hablaba de Rylan, no como un fanático, sino como un "Joven Halcón", un líder que había unificado a los clanes dispersos no mediante el terror, sino mediante la esperanza de recuperar su hogar.
Cada palabra era una g****a más en la fachada de Eldoria. Dorian no era un pacificador; era el heredero de un usurpador.
El sonido de pasos suaves y medidos la hizo levantar la vista con un sobresalto. Dorian estaba en el umbral, sonriendo.
—Te busqué en tus aposentos. No imaginé encontrarte aquí, sumergida en polvorientos pergaminos —dijo, acercándose. Sus ojos se posaron en el libro abierto y su sonrisa se congeló levemente—. Lecturas pesadas para una mente tan delicada.
—Solo intento comprender —respondió ella, cerrando el libro con un golpe sordo—. Tu reino. Tus... preocupaciones.
Él deslizó un dedo por el lomo del libro.
—La historia la escriben los vencedores,querida mía, pero también los poetas sentimentales. Cuidado con confundir la tragedia con la justificación. —Su tono era paternal, pero sus ojos no se apartaban de ella, escudriñando—. No dejes que estas viejas historias nublen la belleza del futuro que construiremos.
Era una advertencia. Clara e inconfundible. Él sabía lo que estaba haciendo.
Esa noche, un nuevo plan, más arriesgado, comenzó a tomar forma. Necesitaba oír la otra versión de boca de quien la había vivido. Usando los recuerdos de la princesa, recordó una puerta olvidada en el muro sur. Se enfundó una capa oscura y, aprovechando el cambio de guardia, se deslizó como una sombra entre los jardines hacia el bosque.
Mientras corría, un pensamiento la golpeó con la fuerza de un rayo.
En el libro, esto nunca pasó.
Lo recordaba con una claridad dolorosa. En "La Princesa de la Luna Creciente", la princesa Althea era una joven dócil y confiada. Nunca habría desconfiado de Dorian. Nunca habría investigado en la biblioteca. Y bajo ningún concepto se habría escapado del castillo por la noche.
Ella no solo estaba descubriendo una verdad oculta. Estaba creando una nueva línea de tiempo. El pánico se mezcló con una emoción electrizante. Era como si hubiera estado pintando sobre los números de un libro de colores, y ahora su propio trazo, torpe y audaz, empezaba a alterar el dibujo predeterminado.
No tuvo tiempo de procesarlo más. Una figura emergió de la oscuridad, alta y silenciosa. Rylan.
—Es una noche peligrosa para que una princesa pasee sola —dijo, su voz un rumor áspero—. ¿Tu guardián dorado ya no te vigila tan de cerca?
Althea, con el corazón en la garganta, encontró el valor para responder con la verdad de Rina:
—Quizá estoy empezando a darme cuenta de que quien debería protegerme es, en realidad, la amenaza de la que debo escapar.
Vio el destello de sorpresa en los ojos de Rylan. Era un momento crucial, un punto de divergencia absoluto del guion. En el libro, su primer encuentro era durante un ataque de él al castillo, donde ella, aterrada, lo rechazaba como a un monstruo.
Pero entonces, Rylan frunció el ceño, estudiándola con una intensidad renovada.
—Esa no es la respuesta que se espera de la Princesa de la Luna Creciente—musitó, más para sí mismo que para ella.
Esa frase. Esa no era una línea del libro. Era una reacción a la ruptura del libro. La primera confirmación externa de que su mera presencia estaba alterando la realidad.
Antes de que pudiera responder, el sonido de una rama quebrada y voces lejanas los alertó a ambos.
—¡Patrulla!—Rylan se puso en guardia de inmediato, su mirada perdiendo la sorpresa para convertirse en pura alerta—. Esto no es una coincidencia.
La mirada de Althea se encontró con la suya por un instante eterno. Él no la había capturado. No la había amenazado. La estaba advirtiendo.
—Vete. Por el camino del arroyo, no dejes huellas —le indicó él, señalando con la cabeza hacia la espesura antes de fundirse de nuevo en las sombras, desapareciendo como si nunca hubiera estado allí.
Althea no lo pensó dos veces. Corrió, el corazón desbocado, siguiendo sus instrucciones. Cuando llegó jadeante a su habitación, segura de haber pasado desapercibida, se encontró con que la puerta de sus aposentos estaba ligeramente entreabierta.
Al entrar, lo supo de inmediato. El aire estaba quieto, pero cargado. Alguien había estado allí. Sobre su almohada, donde antes no había nada, descansaba ahora una sola flor blanca, perfecta y venenosa: una adelfa. La flor favorita de Dorian, según los diarios de la princesa. Un regalo envenenado. Un mensaje.
No era solo una advertencia por la biblioteca. Era porque él sabía, o al menos sospechaba, que ella había salido. Que había roto el guion.
Y si él podía sentir los cambios... ¿hasta dónde llegaría para volver a poner la historia en su lugar?