El amanecer en las Montañas del Alba no era un susurro de luz, sino una conquista. El sol se abría paso a través de las nieblas persistentes, iluminando un paisaje áspero y bello a la fuerza. No había jardines podados ni fuentes de mármol, solo la verdad desnuda de la roca y el bosque antiguo. Para Althea, ese primer amanecer de libertad era un puñal de dos filos. Se encontraba en un claro, frente a Rylan, cuyo semblante era tan impasible como la piedra que los rodeaba. Sus ojos de ámbar, ahora bañados por la luz dorada del amanecer, parecían dos piezas de sol líquido, observándola con una intensidad que le hacía sentir completamente expuesta. —La magia no es un truco de corte —su voz era grave, sin rastro de la condescendencia que ella esperaba—. No se trata de encender velas o leer me

