El dolor era un maestro implacable. Cada músculo de Althea gritaba en protesta. No era el dolor agotador del encierro, sino una quemazón profunda y extendida, el precio de exigirle a un cuerpo que había conocido más la seda que la tierra. Rylan no concedía tregua. Su enseñanza era tan áspera y directa como el paisaje: postura, respiración, conexión. Siempre conexión. —No forces el flujo —le corrigió por enésima vez, su voz un rumor constante a su espalda—. Eres un canal, no un dique. Si luchas, se romperás. Althea cerró los ojos, frustrada. Intentó vaciar su mente, de Dorian, de Kael, de su propio miedo. Y en ese vacío, un recuerdo acudió, nítido y traicionero. ...la princesa Althea, con lágrimas de cristal recorriéndole las mejillas, observaba desde la seguridad de su balcón dorado có

