Escena 1: El Rey de las Ruinas La luz de una sola vela iluminaba el rostro sereno y perfectamente compuesto de Dorian. Estaba en su estudio, no en la celda vacía. La rabia había pasado, consumida por algo más frío y peligroso: una obsesión absoluta. Frente a él, sobre la mesa de roble pulido, descansaban tres objetos. Un fragmento del cristal roto de la celda de Althea. El informe manchado de sangre sobre la "neutralización" de los espías del Clan de la Espina Negra en los túneles. Y un pergamino fresco. —Mi príncipe —dijo uno de sus consejeros, temblando—. Los rumores ya circulan por la ciudad. Hablan de... de un rescate. De que la princesa se fue con el bárbaro por voluntad propia. Dorian no alzó la vista. Tomó el fragmento de cristal y lo acarició con el pulgar. —Los rumores son ma

