La rutina del clan era una espada de doble filo. Por un lado, ofrecía una estructura que el caos de los últimos meses había negado a Althea: horas para entrenar, tareas concretas (ayudar a recolectar hierbas medicinales con una mujer llamada Elara), y la lenta, muy lenta, sensación de que los recelos no se dirigían siempre hacia ella. Por otro, cada rostro nuevo, cada costumbre que desconocía, le recordaba lo profundamente ajena que era. Fue durante una de esas lecciones de hierbas donde el tema surgió. Elara, una mujer mayor con manos nudosas y una mirada que parecía ver a través del tiempo, le señaló una planta de hojas plateadas. —Esta es luna plateada. En vuestras ciudades, la llaman "hierba del sueño eterno" y la temen. La usan para matar. —Sus dedos acariciaron las hojas con revere

