Durante mis 23 años de edad, muy pocas veces me había interesado en una chica. Ninguna de las que me interesaron antes me hicieron sentir lo que Catalina en el primer día que la vi. Más allá de que éramos amigos en ese tiempo, ya me estaba enamorando muy fuertemente de ella. Tenía la felicidad y la percepción de que esta vez podía ser, que en esta ocasión podría ser en serio y para siempre, de que la mujer indicada de Dios para mí apareciera de una vez por todas y me acompañaría por el resto de mi vida.
Sin embargo, era consciente de que toda buena relación de pareja (tanto el noviazgo como también todo buen matrimonio) comienza antes con una gran amistad. La amistad es el paso anterior al noviazgo, y es en dónde se puede discernir entre enamoramiento y amistad. Por eso debía ser prudente.
Los días pasaban, y Catalina y yo nos llevábamos cada vez mejor. Éramos muy buenos amigos y le pedí a Dios que todo fuera a su tiempo. Que todo marche tranquilo y sin apuros.Que el amor fluya y que la voluntad de Dios indique si debíamos o no estar juntos. Mientras tanto, éramos felices de conocernos uno al otro.
Todas las noches nos despedíamos con mensajes de w******p muy sentimentales y cariñosos. Hacíamos videollamadas y nos saludábamos con un simple "Chau, hasta mañana", acompañado de un beso dado con la mano. Después de que terminábamos las videollamadas, nos escribíamos mensajes sentimentales muy tiernos.
—¡Buenas noches, Cati! Que duermas bien. Sos una persona que me alegra el alma. Estoy muy contento de haberte conocido, de que seamos muy unidos y de tener este hermoso vínculo. Te quiero mucho y que Dios te bendiga—escribí una noche a ella.
Un domingo a la mañana, pactamos poder ir juntos a la misade las 12:00 en la Catedral de La Plata. Ambos nos encontramos en las escalinatas y luego ingresamos al templo. Catalina siempre llevaba su Santo Rosario color blanco colgado en su pecho y además usaba un velo de tul también blanco, que era muy lindo. Era la primera vez que veía a una chica con velo en la iglesia. Al verla así, pregunté para sacarme las dudas.
—¡Qué lindo te queda ese velo!—le dije.
—¡Muchas gracias, Facu!—respondió ella con una sonrisa.
—De nada. ¿Por qué lo traes? Es la primera vez que veo a una chica con velo en la iglesia.
—El velo en realidad es opcional para las mujeres. Sin embargo, como mi mamá siempre lo utiliza para ingresar a la iglesia
(especialmente en las misas) ya me quedó esa costumbre. Se utiliza como un acto de sumisión y humildad ante Dios. Lo hago por amor a Él y por modestia.
Para contextualizar, es un velo de tul, no es el velo islámico que tapa toda la cara de la mujer. Es un velo católico, suelto, como el que usaba la Virgen María, pero de tul blanco. Realmente era muy hermoso.
Con Catalina decidimos confesarnos con el Padre Marcelo antes de la misa. Casualmente, éramos los dos primeros en la fila. Pasó Catalina al confesionario y después lo hice yo,mientras ella me esperaba sentada en uno de los bancos de adelante.
El Padre Marcelo, un hombre alegre, de casi 70 años, canoso,con cabello algo largo, con algunas entradas, anteojos, de piel bastante colorada y ojos claros, me esperaba con su buen humor característico. Eso hacía que la confesión sea mucho más tranquila. Siempre me saludaba con un apretón de manos y recordaba mi nombre.
—¡Hola Facu! ¿Cómo anda el periodista deportivo?—dijo amablemente y sonriente. —Bien, con la necesidad de confesarme—respondí seriamente.
Es que a pesar de que el cura era muy amable, siempre fui con seriedad a confesar mis pecados, porque iba arrepentido. Posteriormente, confesé todos mis pecados y el Padre Marcelo reflexionó.
—Noto que estás mejorando espiritualmente. —Sí, Padre. En verdad que también me siento mejor. Tal vez sea porque esté enamorado de la chica que se confesó anteriormente.
—Se la nota una chica muy bonita y muy pura, y de buen corazón—expresó risueño y con los ojos algo abiertos—. No pierdas la oportunidad de conocerla y reza a Dios para que te muestre si es la indicada para vos.
Una vez que el sacerdote me absolvió de los pecados, le agradecí, me fui en paz a sentarme en el banco en donde estaba ella y presenciamos la misa dominical. En el momento que tuvimos que darnos la paz, Catalina me abrazó sostenidamente durante diez segundos.
—La paz contigo, Facu—me dijo suave y pacíficamente. —Y con tu espíritu—respondí, mientras acariciaba su espalda, con mis dos manos al abrazarla.
Posteriormente, comulgamos y nos fuimos felices del templo, tras ir a nuestra primera misa juntos. Esperaba que fueran muchas más. Siempre solía ir solo a misa, pero ir acompañado de una persona especial, que se quiere mucho, es bellísimo.
Luego de la misa, decidimos ir juntos a la Plaza Moreno de la ciudad de La Plata. Nuestras salidas eran sencillas. No nos gustaba tanto ir a comer a algún lugar, sino que preferíamos sentarnos debajo de la sombra de un árbol, quedarnos hablando y disfrutar de la naturaleza. En un momento, nos recostamos los dos bajo la sombra acogedora de un viejo árbol, con sus ramas extendiéndose como si quisieran protegernos del mundo. El pasto fresco y el suave susurro del viento parecían abrazarnos mientras poníamos las manos detrás de nuestras cabezas, acomodándonos para disfrutar de la tranquilidad del momento.
El cielo era un espectáculo cambiante, con nubes blancas que flotaban despacio, como si danzaran al compás de una melodía celestial. Catalina giró su rostro hacia mí por un instante y, con una sonrisa serena, señaló una nube en forma de corazón.
—¿Ves eso, Facu? Creo que el cielo hoy nos quiere decir algo—dijo con una risa suave y melodiosa.
—Tal vez. O quizás Dios simplemente quiere recordarnosque su amor está en todas partes—respondí mientras lamiraba con ternura, agradeciendo en silencio por sucompañía.
El tiempo parecía detenerse mientras hablábamos de todo yde nada al mismo tiempo. Nuestras conversaciones iban desde recuerdos de infancia hasta sueños del futuro, y cada palabra era como un hilo que fortalecía el lazo que nos unía.
Catalina me contó cómo de niña solía sentarse en un lugar parecido con su abuelo, quien le enseñaba a encontrar formas en las nubes.
—Él siempre decía que las nubes son como los pensamientos: cambian de forma, pero siempre están ahí para recordarnos algo importante—comentó, con un toque de nostalgia en su voz.
La mención que hizo de su abuelo me generó mucha curiosidad.
—¿Tu abuelo era polaco, verdad?—pregunté, buscando entender más sobre ella y sus raíces.
—Sí, mi abuelo era polaco, de Cracovia. Él y mi abuela escaparon de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, logrando salvarse del régimen nazi.
Asentí con seriedad, tratando de imaginar lo que habrían vivido sus abuelos.
—Sí, sé que Polonia sufrió bastante a manos del nazismo. Pero gracias a Dios lograron establecerse en Argentina, y en gran parte existís hoy gracias a ellos.
—Gracias a Dios, sí—Catalina miró al cielo por un momento antes de continuar—. Luego pudieron trabajar y quedarse en Argentina. En San Cayetano, laburaban de ganaderos y agricultores.
—Estoy muy orgullosa de mis raíces polacas—dijo finalmente, mientras sus ojos brillaban con una mezcla de emoción y nostalgia.
Su sonrisa, cálida y genuina, parecía contener siglos de historias que aún resonaban en su corazón—. Y también de mi apellido, Kowalski. Cada vez que lo digo o lo escribo, siento que es un pequeño homenajea mis abuelos y a todo lo que ellos sacrificaron para que nosotros tengamos una vida mejor.
—Es un apellido muy bonito, Cata. Tiene fuerza, historia y algo muy especial. ¿Llegaste a visitar Polonia alguna vez?
—No todavía, pero es algo que quiero hacer algún día—se acomodó de lado para mirarme mejor—. De todos modos, tengo la ciudadanía y el pasaporte polaco. Mis padres me los hicieron cuando era bebé porque aman profundamente a Polonia. Para ellos, aunque vivimos en Argentina, nuestro corazón siempre tendrá un lugar allá.
—Eso es increíble, Cata. Tener esa conexión con tus raíces es algo que pocos pueden decir.
—Sí, y lo valoro muchísimo. Mis padres siempre me contaron historias de mis abuelos y de la cultura polaca. A veces siento que, aunque no nací allá, una parte de mí pertenece a Polonia.
Sus palabras me conmovieron profundamente. Era como si, al hablar de su historia, Catalina se conectara con algo mucho más grande que ella misma. Esa conexión con sus raíces, esa pasión por su familia, me hizo verla bajo una nueva luz: no solo era hermosa, sino también valiente y profundamente arraigada a algo eterno. Aquel instante me recordó que no solo era hermosa en su exterior, sino que también poseía una profundidad y fortaleza que la hacían única.
Por un momento, ambos quedamos en silencio. El canto lejano de los pájaros y el susurro de las hojas al ser acariciadas por el viento nos envolvieron. El aroma del pasto fresco, mezclado con la calidez del sol ltrándose entre las ramas, parecía sincronizarse con el latido sereno de mi corazón, mientras había tranquilidad y casi ni había gente dando vueltas. Cerré los ojos por un instante, sintiéndome plenamente en paz, como si todo en mi vida nalmente estuviera en su lugar.
Catalina rompió el silencio con una pregunta que me tomó por sorpresa.
—Facu, si pudieras elegir un lugar en el mundo para estar en este momento, ¿dónde sería?
Abrí los ojos y la miré. Sus ojos marrones brillaban con una mezcla de curiosidad y dulzura.
—Justo aquí—respondí sin dudar—. No hay ningún otro lugar en el que quisiera estar más que contigo, bajo este cielo, compartiendo este momento.
Ella sonrió, y aunque no dijo nada, su mirada lo dijo todo. Además, sus mejillas se sonrojaron ligeramente. Luego, volvió a recostarse y siguió mirando las nubes, mientras su mano rozaba la mía accidentalmente. No la retiré, y ella tampoco. Permanecimos así, juntos, sintiendo cómo el corazón se llenaba de una calma única, de esas que solo se experimentan cuando uno está en la presencia de alguien verdaderamente especial.
Ese día, bajo aquel cielo de La Plata, confirmé lo que mi alma ya sabía: Catalina no era solo mi mejor amiga, era la persona que Dios había puesto en mi vida para acompañarme, para hacerme mejor, y para llenar mi mundo de luz.