—¿Nat? —Emmanuel, me abrió la puerta de su pequeña casa sorprendido. —¿Podemos compartir gastos? —Claro, aunque la casa no es tan grande como la tuya. —No soporto los recuerdos —murmure, con tristeza. —No te preocupes, ven entra. Al hacerlo, un rico olor a comida me invadió. Miré algo avergonzada cada rincón. —No quiero molestarte—Susurre. —No lo harías, además necesito tener menos gastos —murmuró divertido y añadió: —Mañana iremos al supermercado, así compramos todo lo que necesitemos —dijo con entusiasmo. —Gracias Emma. —Sabes que puedes ir a la habitación de mi hermana, ella nunca viene. —Gracias—murmuré. Al entrar en aquella pieza, me sentí aliviada. No estaban los recuerdos amenazándome con aparecer en cada instante. Estaba algo cansada, de recordar siempre. Dejé las malet

