Enseguida María se acercó de nuevo, moviéndose con la misma delicadeza de siempre. Se mantuvo a una distancia prudente, respetando su espacio, pero su mirada atenta seguía enfocada en él. —¿Quieres que yo te deje solo ahorita, Bastián? —preguntó con suavidad, sin una pizca de juicio en su voz. Él mantuvo su vista en la ventana. El sol de la mañana estaba muy fuerte, el reloj marcaba las 11 de la mañana y él solo miraba el sol pensando en la playa mientras el sol de la mansión proyectaba luces que iluminaban las paredes. Las palabras de María lo hicieron sentir aún más atrapado, como si la soledad fuera tanto una bendición como una condena. —Haz lo que quieras, me da igual si intentas ayudarme o no me vale, todo me vale, no entienden que no quiero hacer nada, mi vida no tiene sentido, es

