Al día siguiente Emily no dejaba de pensar en aquel chico, había algo en él que le atraía y no podía sacarlo de su mente. Su mañana la hizo normal y trató de disimular para que su abuela no se diese cuenta de lo que le había pasado en el tobillo.
Emily preparó el desayuno y se lo llevó a su abuela que aún se encontraba dormida así que dejo la charola en la mesa de noche y salió sin hacer nada de ruido.
Mientras preparaba su desayuno no dejó de pensar en la sonrisa de aquel chico, en sus ojos, su rostro, en todo de él. «Es tonto» se decía mientras comía, ya que ni si quiera sabía su nombre ni él sabía el de ella, además no tenía tiempo de enamorarse ni mucho menos él se fijaría en alguien como ella.
Después de desayunar salió de casa para pasear por las calles de aquel barrio marginado por el gobierno, pero a pesar de todo ellos eran felices sin saber lo que en secreto preparaban los altos mandos.
Después de caminar por varias horas llegó a un lugar cerca de un río de agua cristalina, el único río que nadie de la gran ciudad ha logrado tocar. Se sentó ante la orilla y observó su reflejo en él, pero de poco a poco aquel reflejo vivo y cálido empezó a tornarse gris y triste hasta que el reflejo se transformó en una escena triste y grotesca.
En la escena se mostraba a ella siendo una joven de apenas 16 años caminando por las calles de la ciudad mientras la luna brillaba en su esplendor, pero de repente un grupo de chicas la tomaron de los brazos a la fuerza y la metieron a un callejón donde la golpearon y posteriormente la lanzaron contra la pared; ella pensaba que todo había acabado, pero no, no fue así. Después de eso salieron cuatro hombres que le daban un fajo de billetes a la líder del grupo para luego lanzarse sobre la chica como un león sobre su presa.
Los hombres empezaban a besarla a la fuerza y a tocar todo su cuerpo. Uno de ellos tomo el suéter de la chica y se lo quitó, posteriormente el mismo hombre arrancó su blusa haciendo que los botones salieran volando y así dejar su sostén al descubierto. Los demás hombres le quitaban el pantalón a la fuerza y le arrancaban sus bragas con tal fuerza que le hicieron una herida con el elástico de la misma prenda.
Ella sólo gritaba y daba patadas, pero fue calmada con un fuerte bofetón que le abrió el labio, sus lágrimas no se hicieron esperar. Por último le quitaron su sostén y sus pechos fueron liberados, los cuatro hombres se lamian los labios al ver el cuerpo desnudo de su presa.
La escena cambiaba a como era penetrada por cada uno de los hombres mientras maltrataban su cuerpo. La escena cambio a ella tirada en el suelo con fluidos masculinos que salían de su parte íntima y resbalaban de igual forma por partes de su cuerpo.
La escena terminó y una voz saco a Emily de su pequeño trance, al levantar la mirada estaba aquel chico parado frente a ella con esa sonrisa que le encantaba.
— Hola. No pensé encontrarte en este lugar — Dijo el chico — ¿Puedo? — Pregunto señalando el pasto.
— ¿Eh? Sí, sí, claro — Respondió nerviosa.
— ¿Qué haces en este lugar? — Preguntó el chico.
— Me gusta venir a relajarme y pensar — Respondió mientras miraba el agua.
— Sí, es hermoso el lugar y sobre todo la vista — Dijo él mientras miraba de reojo a Emily — Por cierto soy Érick — Agregó con un saludo.
— Yo... Emily — Respondió dando la mano.
— Que hermoso nombre tienes — Murmuró Érick.
— Me tengo que ir — Dijo Emily mientras se levantaba.
Érick quedó confundido ante la acción de Emily, pero la dejo marcharse sin más ya que no quería que pensará mal de él ni mucho menos que pensará que fuera un acosador.
Emily regreso a su casa y corrió a su habitación mientras no dejaba de pensar en lo tonta que era por irse así del lugar. Su cabeza no captaba el ¿Por qué estaba así con ese chico? Y el ¿Por qué le afectaba tanto?
Cayó la noche y todo era tranquilidad hasta que un fuerte ruido despertó a Emily miró por la ventana y observó a soldados entrando casa por casa para cometer uno de los peores crímenes en esa comunidad.
Disparos sonaban por todas partes. Emily se levantó de su cama lo más rápido que pudo, se vistió y fue a la habitación de su abuela donde la movía para despertarla.
— vamos abuela, tenemos que irnos — Decía Emily mientras la levantaba cuidadosamente.
— ¿Qué pasa hija? — Preguntaba confundida la anciana.
— Soldados. Están matando a todos los del barrio — Respondió rápidamente la chica.
La cara de asombro y terror de la anciana lo decía todo. Ella quedó en silencio y posteriormente dijo: — Vete —.
— ¿Qué dices abuela? — Preguntó Emily.
— Vete y salvate — Respondió la anciana.
— No abuela, jamás te dejaré — Dijo la chica mientras volvía a intentar levantar a su abuela.
— Hija, yo ya estoy anciana y ya estoy por irme, así que mejor salvate tú. Tú debes de vivir hija — Respondió la anciana.
— No abuela, te voy a cuidar — Decía entre lágrimas la joven.
— Hija... prometí siempre cuidarte, pero ahora ya es tiempo de separarnos, pero recuerda que siempre te voy a acompañar — Dijo la anciana mientras tomaba su mano.
— Pero... abuela — Respondió entre lágrimas.
— Cuanto has crecido mi pequeña. Te convertiste en una hermosa mujer y sé que así como me cuidaste a mi podrás cuidarte a ti — Le decía mientras acariciaba su mejilla.
El sonido de la puerta principal las alertó, alguien quería entrar a la fuerza, pero no podían lograrlo. Emily beso a su abuela por última vez y salió por la ventana de aquel cuarto y corrió sin mirar atrás. Ya estando en un lugar más alejado empezó a oír las alarmas de emergencia, miró al cielo y varios misiles iban directo a aquel barrio que tanto amaba.
Ella no lo podía creer. Uno por uno los misiles fueron cayendo en aquella zona destruyendola por completo. Emily sólo pudo correr más y más hasta llegar a aquel lugar con el agua cristalina que frente a sus ojos se tornaba en un color rojo carmesí y en ella podía ver los rostros de aquellos que conocía y quien no en el barrio. Pero lo que más dolió fue el ver el rostro de su abuela en el reflejo.
— Perdóname abuela — Decía mientras lloraba.
Pero el rostro de aquella anciana reflejaba eterna paz y tranquilidad.