CANTO IX
[ Virgilio narra a Dante su anterior bajada a los infiernos y le explica los cuatro grados más que hay que descender. Aparición de las Furias en lo alto de la torre de Dite, que llaman a Medusa. Virgilio tapa los ojos de Dante para preservarlo de la vista maléfica de la Gorgona. Aparición de un ángel que interviene en favor de los poetas y abre con un golpe de su vara las puertas cerradas de Dite. Bajada de los poetas al sexto círculo. Los incrédulos y los heresiarcas. Tumbas ardientes con las tapas levantadas, donde yacen los sectarios del error. ]
Mi palidez que el miedo reflejaba,
al ver que mi maestro se volvía,
contuvo la expresión que lo turbaba.
Como quien oye y mira, así tendía
su mirada, no larga en el alcance,
en niebla espesa y en la noche umbría.
«Pues vencer es forzoso en este lance...
a menos que...» prorrumpe; «está ofrecido...
¡mucho tarda el auxilio en este trance!»
Bien comprendí que estaba confundido,
pues sus vagas palabras encerraban
doble contradicción en su sentido;
pero, ellas, por lo mismo, me alarmaban,
y yo les di un sentido temeroso,
peor, tal vez, que el peligro que ocultaban.
«¿Al fondo de este abismo misterioso,
alguno descendió del primer grado,
sin otra pena que esperar dudoso?
»¿Y quiénes?» El maestro, interrogado,
respondió: «Pocas veces, como ahora,
hemos este camino transitado.
»Verdad que alguna vez, y en otra hora,
bajé al conjuro de la Ericto cruda,
de sombras a sus cuerpos llamadora.
»Mi alma estaba de carne ya desnuda,
cuando ella me hizo traspasar el muro,
buscando un alma en la mansión de Juda.
»Es el cerco más bajo y más oscuro,
el más lejano de los altos cielos;
mas conozco el camino: está seguro.
»Este pantano, con inmundos velos,
envuelve en torno la mansión doliente,
donde no se penetra sin desvelos.»
Si algo más dijo, no lo tengo en mente,
pues de mis ojos la atención llamaban
los resplandores de la torre ardiente;
y tres Furias, que súbito se alzaban,
tintas en sangre, formas espantosas
de miembros femeniles semejaban:
ceñido el vientre de hidras muy verdosas,
y en las sienes, cual sueltas cabelleras,
cerastos y serpientes venenosas.
Y él, que reconoció las mensajeras
de la que es reina del eterno llanto,
díjome: «¡Guarda! ¡Las Erinis fieras!
»Esa es Megera, de siniestro canto;
Alecto es la otra, que a la diestra llora;
y en medio, Tisifone calla en tanto.»
Laceraban, con uña torcedora,
sus pechos, y con furia tal gritando,
que me acogí a mi sombra protectora.
«¡Venga Medusa!», grítannos, mirando.
«¡Será de dura piedra frío bulto,
de Teseo el asalto vindicando!»
«Vuelve a la diestra, con el rostro oculto;
porque si viene, y ves a la Gorgona,
de este lugar no subirás exulto.»
Así mi guía habló, y mi persona
hace girar, me coge de la mano,
y mis ojos cerrados precauciona.
¡Oh, los que sois de entendimiento sano,
comprended la doctrina que se encierra
de mi velado verso en el arcano!
Sordo rumor, que el corazón aterra,
las ondas turbias puso en movimiento,
y estremecióse con fragor la tierra:
no de otro modo el encontrado viento,
que del verano mueven los ardores,
sacude el bosque en soplo turbulento;
los gajos troncha, lleno de furores,
y en polvareda los arrastra envueltos,
haciendo huir a fieras y pastores.
Dejóme entonces ambos ojos sueltos,
mi guía, y dijo: «Ve la espuma antigua,
en esos humos densos y revueltos.»
Como las ranas, cuando ven contigua
a la serpiente que se avanza astuta,
en fango ocultan su cabeza exigua,
así también, toda la turba hirsuta
huyó delante de uno que avanzaba,
marchando por la Estigia a planta enjuta.
Del rostro, el aire espeso se apartaba,
con la siniestra mano hacia adelante,
y al parecer, sólo esto le cansaba.
Comprendí que del cielo era anunciante,
y el maestro, al mirarlo, me hizo seña
de quedo estar, y me incliné tremante.
En torno suyo todo lo desdeña:
llega a la puerta, y con varilla leve
la abre al instante, y del umbral se adueña.
«¡Desterrados del cielo!, ¡r**a aleve!»,
así exclamó, sobre el umbral terrible.
«¿Qué loco intento esta arrogancia mueve?
»La voluntad de Dios es invencible:
¿Por qué ponéis vuestro destino a prueba,
ante el que mide hasta la pena horrible?
»¿Quién contra su alto fallo se subleva?
Recordad que, pelado todavía,
cuello y hocico el Cancerbero lleva.»
Y retornóse por la inmunda vía,
sin fijarse en nosotros, con semblante
que un cuidado más íntimo mordía
que el presente que estaba por delante.
Nos dirigimos a la ignota tierra,
fiados en su palabra dominante,
adonde entramos sin señal de guerra;
y yo, anhelando conocer el centro,
y lo que aquella fortaleza encierra,
al encontrarme de sus puertas dentro,
giro los ojos, y una gran campaña
llena de duelo y de tormento encuentro.
Como en Arles, do el Ródano se encaña,
y en Pola de Quarnaro se relevan,
en el confín que a Italia cierra y baña,
viejos sepulcros, que el terreno elevan,
tal en ella sepulcros se elevaban;
pero de más crueldad señales llevan.
Las llamas, de uno a otro, serpenteaban,
y en fuegos más intensos abrasados,
que los que el hierro funden, se inflamaban.
Los sepulcros estaban destapados
y del fondo salían, clamorosos,
los lamentos de tristes torturados.
Pregunté: «¿Quiénes son los dolorosos
que, sepultados en ardientes arcas,
hacen oír gemidos tan penosos?»
Y me dijo: «Ahí están los heresiarcas,
y turba de secuaces blasfemante,
y que son más de los que en mente abarcas.
»Ahí están, semejante y semejante;
sus tumbas más o menos son ardientes.»
Y girando a la diestra, fué adelante
entre muros y tristes penitentes.