Me perdí en el cuadro como si pudiera caer dentro. Los rojos parecían latidos abiertos, heridas que no habían aprendido a cerrarse. Había rabia, había pena. Algo sucio y honesto a la vez. Me apreté los brazos, incómoda, como si me estuviera mirando demasiado de cerca. —¿Y qué te parece? La voz me sacó de golpe de la concentración. Parpadeé, tardé un segundo en volver al lugar, al cuerpo, al suelo firme bajo mis pies. Ni me interesé por la voz que me preguntaba, y seguí mirando el cuadro. —Es… bueno —dije despacio, buscando las palabras—. Puedes sentirlo. Te atraviesa aunque no quieras. Hice una pausa. Algo en el pecho se me tensó. —Pero al mismo tiempo es basura. El silencio se estiró. Noté la atención clavada en mí aunque no giré. —¿Basura? —repitió la voz, divertida. Asentí, aun

