No recuerdo cuánto tiempo caminé. Solo sé que cuando paré, mis pies dolían y el frío se me había metido en los huesos. Madrid seguía ahí, funcionando como siempre: coches, gente con prisa, terrazas a medio llenar, risas sueltas que no tenían nada que ver conmigo. Me senté en un banco cualquiera, en una calle que no supe nombrar, y me quedé mirando mis manos como si no fueran mías. Me temblaban. No por el frío. Por la sensación de haber cruzado una línea invisible y no saber si había forma de volver atrás. Saqué el móvil del bolsillo. Tres mensajes de Sergio. Dos llamadas perdidas. Sergio: Por favor, hablemos. Sergio: No te vayas así. Sergio: Serena, te lo juro, no te mentí. Bloqueé la pantalla sin responder. No podía leerlo ahora. No podía escucharlo ahora. Si lo hacía, sabía que ce

