La semana siguiente fue como caminar sobre cristal templado: parecía sólido, pero cada paso hacía crujir algo por dentro. Llegaba a la oficina temprano, me enterraba en correos y números, respondía a Louisa con precisión quirúrgica y evitaba mirar la puerta como si esperara que él irrumpiera de un momento a otro. No lo hizo. Ni un mensaje personal. Ni una llamada. Solo trabajo frío y profesional que, en lugar de aliviarme, me dejaba un hueco absurdo en el pecho. El jueves por la tarde, después de una reunión interminable con el equipo de compliance, sentí que algo se rompía. No fue dramático: solo una taquicardia repentina en el ascensor, las manos temblando al sujetar el móvil, un nudo en la garganta que no bajaba. Me bajé en la planta baja, salí a la calle y caminé sin rumbo hasta que m

