No recuerdo en qué momento dejé de comer. El plato seguía ahí, casi intacto, pero yo jugueteaba con el tenedor como si fuera un objeto ajeno. Sergio hablaba de algo, del vino, del punto de la langosta, de no sé qué comentario del camarero, y yo asentía cuando tocaba, sonreía cuando correspondía, ejecutaba el papel con una precisión que me sorprendía incluso a mí. Dos años entrenan mucho. —¿Quieres postre? —preguntó al final, con ese tono amable que usaba cuando intuía que algo no iba bien pero no sabía por dónde entrar. Negué despacio. —No tengo hambre. Pagó la cuenta sin discutirlo. El camarero nos deseó buena noche. Todo funcionaba como debía funcionar. Demasiado bien para lo que yo llevaba por dentro. Salimos a la calle. El aire nocturno de Madrid me golpeó la cara y agradecí ese

