Luego de un rato me quité los zapatos y fui al baño. Abrí el grifo de la bañera, eché sales de lavanda, bajé la luz. Me metí despacio. El agua caliente me envolvió entera. Cerré los ojos y dejé de pensar. No en barrigas, no en relojes, no en conversaciones pendientes. Solo agua, calor y mi respiración. Estuve así un buen rato. Oí la puerta abrirse, los pasos de Sergio, las llaves. Apareció en el marco del baño, chaqueta puesta, sonrisa cansada. —¿Baño improvisado? —preguntó. —Baño necesario —respondí sin abrir los ojos. Se desnudó sin prisa y se metió detrás de mí. El agua subió, se desbordó un poco. Me rodeó con los brazos, me pegó a su pecho. No hablamos. Solo respiramos juntos, el agua moviéndose suave. Por un rato todo fue simple otra vez. El miércoles llegó con su ritmo habitual,

