No pude dormir, a pesar de que me había convencido de que algún modo estaba bien. Me metí en la cama después de la ducha con la piel aún caliente y el pelo húmedo pegado a la nuca. Sergio ya estaba acostado, leyendo algo en el móvil con la luz baja. Me abrazó por detrás como siempre, besó mi hombro y murmuró “buenas noches, amor”. Yo respondí lo mismo, mecánicamente. Apagó la luz. Su respiración se hizo regular en minutos. La mía no. Me quedé mirando el techo en la oscuridad. El colgante de la ola descansaba entre mis pechos, frío como una acusación. Cada vez que cerraba los ojos, veía la misma escena: yo diciendo “sí, abramos”, Sergio sonriendo aliviado, y luego la imagen se rompía. Glenda reaparecía. Otras caras sin nombre. Él volviendo tarde, oliendo a perfume ajeno. Yo esperando. Sie

