Salimos del café juntos. John se puso el abrigo despacio, como si no tuviera prisa por volver a ninguna parte, y me esperó junto a la puerta mientras yo me colocaba la bufanda. Afuera, el aire era más frío que antes. La noche se había despejado un poco y las luces de la calle parecían más nítidas, casi crueles en su claridad. —¿Vas hacia el metro? —preguntó, metiéndose las manos en los bolsillos. —Sí. —Te acompaño —dijo, como si fuera lo más natural del mundo. Caminamos uno al lado del otro, sin tocarnos, pero cerca. A veces nuestros abrigos se rozaban y ese contacto mínimo me hacía consciente de mi propio cuerpo, de mis pasos, de mi respiración. Hablamos poco. Ya no hacía falta llenar los silencios; no eran incómodos. Eran densos, cargados de algo que ninguno nombraba. Al llegar a la

