El sábado amaneció con un cielo gris y bajo que parecía apretar Madrid contra el suelo. Me levanté temprano, antes de que Sergio abriera los ojos. Lo miré dormir un rato: la cara relajada, el pelo revuelto, la respiración lenta. Me dolió verlo tan tranquilo mientras yo llevaba horas dando vueltas en la cama, con el estómago revuelto y el pecho apretado. Me duché rápido, me puse unos vaqueros y un jersey grueso, y salí sin hacer ruido. Valeria me había invitado a la prueba final del vestido de dama de honor en una boutique pequeña de Salamanca. “Solo nosotras: mamá, dos amigas y tú. Va a ser divertido”, me había escrito el miércoles. Yo había dicho que sí, porque era su boda, porque era familia, porque necesitaba salir de casa y fingir que todo estaba bien. Llegué a la boutique pasadas las

