El domingo amaneció gris, no del color de la pared que habíamos pintado, sino de ese cielo madrileño que amenaza lluvia pero nunca se decide. Me desperté antes que Sergio, preparé café y me senté en la barra de la cocina con la taza entre las manos, mirando cómo el vapor subía despacio. La pared nueva seguía allí, imponente y bonita, pero de repente me parecía que todo el piso se había quedado demasiado quieto. Sergio apareció en el pasillo pasadas las diez, con el pelo revuelto y los mismos pantalones de pijama del día anterior. Me dio un beso en la sien al pasar, se sirvió café y se sentó frente a mí. —Buenos días, amor —dijo, todavía con voz de sueño. —Buenos días. Bebimos en silencio un rato. No era incómodo del todo, pero tampoco era el silencio cómodo de siempre. Había algo flota

