La noche cayó despacio sobre Madrid, como si alguien hubiera bajado la intensidad del mundo sin avisar. Sergio se quedó dormido en el sofá, con la cabeza apoyada en el respaldo y una mano abierta sobre su muslo. Yo no. Yo seguía despierta, mirando el techo, contando las grietas invisibles, escuchando su respiración regular mientras por dentro todo seguía demasiado ruidoso. Me levanté con cuidado, cogí una manta y se la acomodé por encima. Él murmuró algo ininteligible, buscó mi mano a ciegas y la apretó un segundo antes de volver a soltarse. Ese gesto pequeño, automático, me dolió más que cualquier discusión. Porque ahí estaba el Sergio que yo amaba. El que se quedaba. El que parecía elegir… al menos en ese instante. Me fui a la cama sola. No lloré. Ya no. Estaba agotada de llorar. El

