Llegué a la oficina con el cuerpo tenso, como si estuviera haciendo equilibrio sobre algo invisible. Sonreí, saludé, me senté en mi escritorio y encendí la computadora. Todo igual que siempre. Todo distinto por dentro. Tuve la reunión sin contratiempos y luego me encerré en la oficina. Estaba tomando mi café cuando me di cuenta que la taza me temblaba un poco en la mano. La dejé a un lado y apoyé los dedos en el teclado de vuelta. Las teclas me devolvieron un sonido familiar, tranquilizador. Rutina. Si seguía la secuencia correcta, correo, agenda, informes, quizás el día pasaría sin que se me notara el temblor interno. No funcionó. Leí el mismo mail tres veces sin entenderlo. Empecé un documento y lo cerré. Miré el reloj con ansiedad, como si el tiempo estuviera avanzando demasiado len

