Los días previos a la boda de Valeria transcurrieron como si alguien hubiera pulsado el botón de normalidad y todo hubiera encajado de nuevo. Ni perfecto, ni de postal, pero sí funcional. Sergio y yo nos movíamos por la casa con una rutina que ya no pesaba: desayunos compartidos, besos de despedida en la puerta, mensajes al mediodía con tonterías (“¿Quieres que compre leche?” “Sí, y algo dulce”), cenas tranquilas con series o charlas sobre el día. No hablábamos de Glenda. No hacía falta. O eso creíamos. El tema se había quedado en un cajón cerrado, como una herida que cicatriza por dentro sin que se vea la costura. Yo tampoco volví a hablar con John, y él no insistió. La boda de Valeria estaba a dos semanas. Cada vez que hablábamos con ella por teléfono o la veíamos en persona, brillaba.

