Llegué a casa pasadas las dos de la mañana. El ascensor tardó una eternidad, como si el edificio entero supiera que no quería subir. Cuando la puerta se abrió en el rellano, dudé un segundo con la llave en la mano. El pasillo estaba a oscuras, solo una luz tenue salía por debajo de la puerta del salón. Sergio estaba despierto. Lo supe antes de entrar. Abrí despacio. El clic del pestillo sonó como un disparo en el silencio. Él estaba sentado en el sofá, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre las manos. Llevaba la misma camiseta gris de siempre, la que usaba para estar en casa, pero estaba arrugada, como si llevara horas allí. La televisión estaba apagada. Solo la lámpara de pie iluminaba la mitad de su cara. Cuando me vio, levantó la vista despacio. Sus ojos estaban rojo

