Caminé más de una hora sin rumbo fijo. La plaza, las calles estrechas del barrio, el puente sobre el río que siempre olía a humedad y a hierro viejo. Cada paso era un intento de ordenar el caos que se había instalado dentro de mí. El frío de febrero me calaba los huesos, pero no me importaba. Prefería sentir eso a sentir el agujero que se abría en el pecho cada vez que repetía en mi cabeza sus palabras: “quizás sea buena ocasión para abrir la relación de nuevo”. Cuando por fin volví a casa, eran casi las once. La luz del salón seguía encendida. Entré despacio, como si la casa ya no fuera del todo mía. Sergio estaba sentado en el sofá, con los codos en las rodillas y la cabeza entre las manos. No levantó la vista de inmediato. Solo cuando cerré la puerta con suavidad, alzó la cara. Tenía l

