El taxi me dejó frente a la puerta pasadas las tres. Bajé con el cuerpo pesado, el vestido arrugado pegándose a la piel sudada, el olor de Adrián impregnado en mi pelo, en mi cuello, entre mis piernas. Cada paso hacia la puerta era un recordatorio viscoso de lo que acababa de hacer. De lo que había permitido que me hicieran. De lo que yo había pedido. Abrí con la llave que Sergio me había dado hace meses. El salón estaba oscuro, solo la luz tenue de la farola se colaba por la ventana. Me quité los tacones allí mismo, los dejé caer sin cuidado. El ruido me pareció obsceno en el silencio. Caminé hacia el dormitorio. La puerta estaba entreabierta, la lámpara de la mesita encendida en luz muy baja. Empujé despacio. Sergio estaba despierto. Sentado en la cama, espalda contra el cabecero. Cu

