Me desperté con la sensación de ser observada. Abrí los ojos despacio, aún envuelta en esa bruma entre el sueño y la vigilia, y lo vi. Sergio estaba apoyado en un codo, mirándome. No sonreía con la boca, pero sus ojos sí: profundos, cálidos, llenos de una ternura que me recorrió como una caricia invisible. La luz de marzo entraba tímida por la rendija de la persiana, dibujando rayas doradas sobre su hombro desnudo y sobre la sábana que apenas le cubría la cintura. —¿Qué haces? —pregunté, con la voz ronca de sueño. —Te miro dormir —respondió bajito, como si fuera lo más natural del mundo. Sentí calor en las mejillas. Me estiré un poco, la sábana se deslizó y dejó al descubierto mi pecho. Sus ojos bajaron un instante, luego volvieron a los míos. Se inclinó despacio y me besó: primero en l

