El viernes llegó más rápido de lo que esperaba. Demasiado rápido, como si el calendario hubiera decidido acelerar solo para ponerme a prueba. Me desperté con la alarma a las siete, como cualquier otro día laboral, pero era viernes. El día. El de la cita de Sergio. No sentí nada. Ni celos que me apretaran el pecho, ni esa punzada ácida en el estómago que imaginaba que llegaría cuando lo viera prepararse. Ni siquiera un nudo de rabia contenida o de tristeza anticipada. Solo rutina. Café en la máquina, ducha caliente, ropa de oficina planchada la noche anterior. Sergio salió del baño con la toalla alrededor de la cintura, el pelo húmedo, y me dio un beso en la sien mientras pasaba. —Hoy salgo temprano —dijo, casual, como si comentara el tiempo—. La cita es a las ocho, pero quiero pasar por

