Los días después de la comida en casa de Elena se convirtieron en una especie de niebla suave, casi reconfortante. No había drama. No había peleas. Solo rutina. Oficina por la mañana, correos, reuniones breves, almuerzo de ensalada en el escritorio. Casa por la tarde: Sergio llegaba con polvo de obra en la ropa, preparaba cena o pedíamos algo, veíamos una serie, nos íbamos a la cama. Hacíamos el amor casi todas las noches, con esa intensidad tranquila que antes me hacía sentir segura y ahora me dejaba un sabor extraño en la boca. No era frío. Era… automático. Pero debajo de todo eso, algo crecía. Más profundo. Más callado. Más mío. El deseo de ser madre. Ya estaba latente pero se instaló con más fuerza poco a poco, como una planta que crece en una grieta del asfalto: primero una semilla

