Habían pasado siete meses desde aquella cena en La Moraleja. Siete meses en los que la vida con Sergio se había convertido en algo tan natural como respirar. Primero fueron noches que se alargaban hasta la mañana, luego fines de semana enteros en su ático de Salamanca, después mi cepillo de dientes en su baño, mi ropa en su armario, mis libros en su estantería. Cada vez estábamos más tiempo juntos al punto de que solo faltaba que nos mudaramos y ya. Las reglas seguían allí, escritas en aquel papel amarillo que guardábamos en un cajón del escritorio. Las revisábamos cada tres meses, como habíamos acordado. Algunas se habían ajustado: ya no necesitábamos avisar con horas de antelación si era algo improvisado, solo un mensaje rápido; la regla de “no repetición” se había suavizado a “no más

