—¿Mi amor, estás bien? Estaba preocupada, llevo dos días tratando de comunicarme contigo y no te había podido localizar, hasta hoy que encendiste tu teléfono —le da un beso en los labios y mi asombro no pudo ser mayor. Lo miro sin entender, pero dentro de mí se está desatando una tormenta.
—¿Qué sucede aquí, Juan? ¿Quién es esta mujer? —pregunto con un tono molesto y él no puede articular palabra—. ¿No me piensas decir o explicar nada, o tengo yo que sacar mis propias conclusiones? —digo aún más molesta.
—Emili, ella es Victoria —y quedo igual de confundida. Le hago una seña con las manos como preguntando "¿y qué sigue?". Él traga saliva—. ¡Es una amiga!
Ella lo observa pero no dice nada; no puedo definir su cara, parece molesta, avergonzada, furiosa... no lo sé.
—¡Una amiga! ¿Y es que ahora las amigas tienen derecho de besar a sus “amigos” en la boca cada vez que se ven? —lo digo de mala manera, haciendo énfasis en la palabra amigos.
—Amor, no es lo que crees, es solo que… —se alborota el cabello y no termina de responderme, sino que le hace una pregunta a ella—: ¡Qué haces aquí, Victoria! ¿Cómo diste conmigo?
Ella se altera un poco con esa pregunta.
—¿Qué hago aquí, Juan? Fácil: ¡tú me invitaste! ¿O no lo recuerdas?
Mi molestia es cada vez mayor.
—¿Y cómo di contigo? Bueno, llevo dos días en el país. Quise venir y darte una sorpresa después de lo que me dijiste, pero te he llamado mil veces y tu teléfono estaba apagado. Te mandé mil mensajes y nada; apenas hoy me di cuenta de que lo encendiste y aproveché para localizarte por el GPS. Ya no sabía qué más hacer, porque ni tu madre sabía dónde estabas…
Ahí sí que me sorprendí. O sea, su madre sabe de eso que tienen ellos dos... No, este hombre se ha estado burlando de mí todos estos días.
—Lo siento de verdad, Victoria. Olvidé completamente que venías y... ¡soy un completo idiota! Mira, ella es Emili, la mujer de la que tanto te he hablado.
—¿Y qué haces con ella? ¡Acaso me invitaste aquí para que vea que volvieron y son felices! —lo mira sin saber qué decir.
—No, Victoria, es que todo sucedió tan rápido…
Ahora hablo yo:
—Sabes qué, Juan, yo no tengo por qué estar presenciando la discusión que tienes con esta mujer. Lo mejor es que me vaya, porque veo que soy la intrusa en todo esto.
Camino a la habitación por mis cosas y él se va tras de mí.
—¡Emili, amor, escúchame! Déjame explicarte qué sucede aquí, ¿sí?
Me volteo y lo miro a la cara.
—¿Qué me vas a decir, Juan? ¿Que esa tipa es tu mujer y que me lo has ocultado todo este tiempo?
—¡No, ella no es mi mujer! O bueno, lo fue hasta que decidí volver por ti…
—¡O sea, soy su reemplazo!
—Amor, tú no tienes reemplazo, te lo he dicho mil veces: eres la única en mi corazón.
Sonrío sarcásticamente.
—¡Ja, la única en tu corazón! Por favor, entonces qué rayos hace ella aquí.
—Yo le dije que viniera… —y baja la cabeza.
—Es que pensabas tenernos a las dos, Juan, porque si es así, hubieras empezado por ahí y yo llamo a Carlos para que se una a esta fiesta.
Su cara cambia por completo a una expresión furiosa.
—Ni se te ocurra volver a decir algo como eso, Emili —responde enojado.
—¡Entonces qué es lo que planeas, volver a burlarte de mí! —le grito.
—Yo jamás me he burlado de ti, y ya eso está claro. No quiero que volvamos al pasado.
—¡Está claro para ti! Pero qué sé yo si todo lo que me has dicho es una mentira para tenerme y luego burlarte de mí.
Se sienta en la cama, frustrado.
—Veo que no ha servido de nada estos días que llevamos juntos, ¿verdad? A la primera vas y desconfías de mí, como si mi amor no fuera nada.
—¿Qué pensarías si después de estar contigo aquí varios días, llegas a mi apartamento y me consigues con Carlos a primera hora de la mañana o muy tarde en la noche?
—¿Eso qué tiene que ver, Emili?
—¡Mucho, Juan! Así que responde y dime qué harías o qué pensarías.
—¡Pensaría mal!, pero te pediría explicaciones y te escucharía antes de sacar conclusiones apresuradas.
—Eso no lo crees ni tú mismo, Juan. Pero el problema es que esa… tipa llegó diciendo que es tu mujer y, de paso, te besó en mi propia cara y vino porque tú mismo la invitaste; entonces, ¿qué quieres que piense?
—¡Te entiendo, mi amor! Y sí, la invité ese día que me dejaste mal, ¿recuerdas?, que me trataste como la peor basura del mundo. Ese día quería sacarte de mi corazón, y quién mejor que Victoria para eso; ella me ha apoyado siempre. Así que le dije que viniera, pero luego me mandaste esa nota de voz, hablamos arreglando todas nuestras diferencias y me olvidé de que el mundo existía.
—¡Sí, claro, Juan! Entonces, si no es importante, ¿por qué no le dices que se vaya y regrese por donde vino?
—Amor, escucha, no puedo hacerle eso después de que la hice venir, ¿sí? Deja que por lo menos descanse y luego hablo con ella de toda esta situación.
—¡Ajá! ¿Y mientras tanto, qué? ¿Tengo que aguantarla aquí y compartirte con ella? ¿Dejar que te siga besando y abrazando cada vez que quiera? ¡Uf, estoy que reviento!
—¡No, claro que no! Nada de eso, amor. Tú eres la única mujer en mi vida y ella lo sabe, pero la hice venir de tan lejos... por lo menos déjame atenderla.
—Puedes hacer lo que quieras, Juan, porque lo que soy yo, me voy.
—Emili, por Dios, tú eres todo lo que necesito en mi vida. No me dejes…
Agarro mis cosas, las guardo en mi maleta y salgo de la habitación. Al llegar a la sala, la veo sentada de lo más cómoda con un vaso de jugo; mi jugo, el que preparé para que Juan y yo comiéramos juntos. Lo que me provoca es arrancárselo de la mano y echárselo encima.
—Emili, amor, no te vayas —me agarra del brazo.
—¡Suéltame, Juan! Si no quieres que me vaya, sabes lo que tienes que hacer…
Me quedo un momento esperando para ver qué va a hacer, pero como no hace nada, abro la puerta y me voy poco a poco; aún me duele el tobillo, lo bueno es que puedo caminar sin las muletas. Llego a mi apartamento agotada; aunque vengo del edificio de enfrente, por mi tobillo se me hizo difícil. Tiro mis cosas y me lanzo al mueble a llorar. Me siento decepcionada. ¿Cómo la va a preferir a ella antes que a mí? “Juan, eres igual a todos”, solo juega conmigo.
Me levanto, me voy a mi cama y me quedo dormida no sé por cuánto tiempo. Ya oscuro, siento que unos brazos me rodean y me despierto asustada.