— Hija, lamentablemente en los últimos años no hemos hecho negocios grandes y hace poco nos enteramos de que alguien nos estaba robando. Ya mandamos a investigar, solo esperemos que descubran pronto de quién se trata. El problema más grande es que, debido a la cantidad de dinero que necesitamos y que debemos, ninguna compañía quiere invertir con nosotros; es realmente preocupante esta situación, hija, ya yo estoy viejo para andar tras ellos pidiendo colaboración. Por eso necesitamos de tu ayuda: estás a punto de graduarte y te puedes encargar de la empresa para sacarla a flote.
— Pero ¿cómo, papá? Igual necesitaríamos de un inversor.
— Así es, hija. El único que aceptó ayudarme, y bajo nuestras súplicas, fue Miguel Fuentes.
— ¡Qué! ¿El padre de Carlos? —preguntó asombrada.
— Sí, el padre de Carlos; pero puso una condición... o bueno, su hijo puso una condición.
— ¡Ah, sí! ¿Y cuál es esa condición?
— ¡Que te cases con él!
— ¡QUÉ! Estás loco, papá. Yo no me pienso casar, y menos con Carlos.
— Hija, es la única solución que tenemos por ahora y será solo por tres años, hasta que recuperemos lo invertido y se lo podamos regresar.
— No, papá, cómo se te ocurre. Yo no voy a hacer eso.
— Hija, es lo único que podemos hacer para salvar las empresas. Nadie nos quiere prestar ayuda, y menos cuando se enteraron de que tú ibas a tomar las riendas.
— ¡Có...mo así, papá! —titubeó un poco por sus palabras.
— Sí, hija, tienes una reputación bastante deteriorada y eso está dañando tu vida en los negocios antes de que empiece. Lo mejor será que cambies tu actitud y te vuelvas una persona respetable y confiable, y eso solo sucederá si te casas.
— No puedo creerlo, papá. ¿De eso se tratan los negocios? ¿De hacer lo que los demás quieran?
— No es lo que los demás quieran, hija, sino de lo que se debe hacer en el momento preciso —solo niego con la cabeza—. Está en tus manos, hija: salvar las empresas y a esta familia —y se va, dejándome ahí con ese dilema.
Me voy a mi apartamento y lo pienso. Al siguiente día voy a encontrarme con papá.
— Buenos días, papá. He tomado una decisión. Después de meditarlo toda la noche, he pensado en lo que es mejor para esta familia —y aquí estoy, dándole una respuesta a mi padre—. Acepto casarme, pero solo por tres años, no más.
— ¿De verdad, hija? ¿Harías eso por esta familia?
— Sí, papá, está decidido. Quiero salvar la empresa.
— Gracias, hija, de verdad. Me alegro de que hayas tomado la decisión correcta, pero no solamente es casarse, sino cambiar tu actitud y manera de actuar. Tienes que ser una persona ejemplar y digna de ser presidenta de una empresa.
— Está bien, papá, haré el intento.
— No es hacer el intento; es hacerlo y creértelo, para que todos te respeten.
— Está bien, papá, te lo prometo.
— Promesa de hija —comenta y me hace recordar mi niñez, cuando nos prometíamos algo.
— Promesa de padre —y entrelazamos nuestros dedos meñiques sellando la promesa.
Y aquí estoy, ya comprometida con Carlos y perturbada por el regreso de Juan a mi vida.
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Después de dar mil vueltas en mi cama, logro conciliar el sueño. Despierto muy temprano porque quiero salir, necesito hablar con ella, no puedo irme así; pero cuando llego a la puerta, está cerrada. No puedo salir de casa. En eso viene bajando mi madre.
— ¡Mamá! ¿Qué pasa? ¿Por qué la puerta está cerrada? —y la observo.
— Sabía que harías algo como esto, Juan.
— Mamá, por favor, déjame salir. No me puedo ir así, necesito hablar con ella.
— Lo siento, hijo, créeme que lo siento mucho; pero por órdenes de tu padre no puedes salir. No queremos que empeores la situación, así que lo mejor será que te vayas sin hablar con nadie de esto.
— Por Dios, mamá, ¿crees que estando allá no podré comunicarme?
— Créeme que al lugar adonde vas no hay comunicación de ningún tipo.
— ¿Cómo así, mamá? ¿Para dónde me van a mandar?
— Te enterarás cuando llegues, Juan. Ahora, vamos a desayunar.
— No tengo hambre —le digo y me voy a mi habitación muy molesto por esta situación.
No sé qué piensan mis padres, ya no soy un niño al que pueden manejar; puedo salir y enfrentar este problema por mí mismo. Estoy harto.
— Hijo, ¿puedo pasar? —se escucha la voz de mamá.
— Sí, mamá, pasa.
— No has comido nada, así que te traje la cena. No puedes seguir así.
— Está bien, mamá, gracias por preocuparte.
— Eres mi niño y me importas —dice melancólica.
— Entonces no dejes que me vaya, ¿sí? O por lo menos déjame hablar con ella, por favor.
— No puedo, hijo. Lo que hacemos es por tu bien.
— No lo creo, mamá. Me están haciendo más daño con esa decisión —niega con la cabeza y se va.
Aquí estoy, en mi nueva habitación. Al llegar me doy cuenta de que es una universidad tipo internado donde no tengo permitidas las salidas fuera de las instalaciones, sino solo en vacaciones. Esto es una ciudad, la verdad; está hermosa y por eso no hace falta salir, porque hay de todo. Me instalo y luego salgo a dar un paseo. La gente es muy amable y cordial.
Va pasando el tiempo. Me he acostumbrado a este lugar y, aunque he intentado comunicarme con Emili a su casa, no he podido, ni siquiera por sus r************* . No sé qué pasa. Solo sé por Julián que la cambiaron de colegio, pero ni él sabe a dónde.
Pasan dos años y decido salir. Necesito viajar a buscarla, tengo que saber de ella. No tendré un día en paz si no logro hablarle; pero al solicitar mis documentos en la rectoría de la universidad, me dicen que no aparecen. Armo un berrinche por eso y me dicen que apenas los localicen me los harán llegar. Pero pasaron los días y nada, no aparecen, así que me es imposible viajar por ahora.
Sigue pasando el tiempo y el desespero me invade. No he podido estar con nadie más, ni siquiera he intentado tener una relación; esta situación me está matando. Hago muchos amigos en este lugar, ya que ha sido nuestro hogar por varios años y los que faltan. Pero ninguno comprende por qué no quiero tener a nadie en mi vida si muchas mujeres andan tras de mí. Lo único que me interesa por ahora es graduarme para poder regresar a mi país, ver a Emili, explicarle todo lo que pasó y pedirle que, por favor, me crea.
Es fin de semana y, como no tenemos clases, voy al gimnasio a hacer ejercicio como cada día, pero los fines de semana hago una rutina más fuerte para terminar agotado y llegar durmiendo, porque esos amigos que tengo estos días se vuelven locos.
Estoy ya a punto de dormir cuando tocan a mi puerta. Es Caterin, una compañera de clases. A pesar de que en esta área no está permitido el acceso de mujeres, siempre logran colarse.
— ¡Caterin! ¿Qué haces aquí? —le pregunto extrañado.
— Hola. Vine a verte, ¿puedo pasar? —dice esto ya entrando.
— No creo que sea correcto que estés aquí. Si te llegan a ver, podríamos meternos en problemas.
— Nadie me vio entrar, así que tranquilo, que no nos van a descubrir.
— Por favor, dime lo que tengas que decir y retírate, que quiero descansar.
— ¿Por qué siempre eres tan directo y correcto, Juan? —pregunta acercándose a mí.
Yo solo trago saliva porque anda con un pijama muy sexi y provocativo, y de paso es una mujer muy bella. Por eso vivo alejándome de todas, porque son una tentación y no quiero caer en provocaciones a pesar de mi necesidad.
— Porque así me criaron —le invento esa excusa y ella levanta una ceja.
— Ummm, y dime, ¿ese cuerpecito tuyo no tiene necesidades? —pronuncia tocando mi pecho hasta mis pectorales.
— No creo que eso te deba importar, Caterin.
— Sabes que sí me importa, y mucho. Porque este cuerpecito mío sí tiene necesidades, y es de ti —agarra mi mano y la pasa de su cintura a su muslo. En eso, cierra la puerta y me empuja a la cama, donde caigo sentado—. Ya no puedo aguantar no hacértelo, Juan. Eres alguien inalcanzable en este lugar, pero quiero que seas mío, por lo menos por esta noche —y se monta encima de mí a horcajadas, entrelazando sus piernas en mi cintura y empieza a moverse—. Vamos, Juan, dime que no sientes nada con esto, dime que no deseas tener a una mujer a quien poseer...
Y ya mi resistencia está llegando a su límite. O sea, son dos años sin tener a una mujer y, aunque he rechazado a otras, ninguna había llegado tan lejos.
— ¿Qué es lo que quieres, Caterin?
— Quiero que me cojas, Juan, que me des duro...
Me levanto con ella y luego la bajo de mí.
— Quítate la ropa... —le digo sin más—. Si quieres que te coja, eso haré.
Y después de quedar desnudos, la volteo y la pongo en cuatro. Lubrico su zona, me coloco un condón y se lo introduzco bruscamente. Ella solo jadea.
— Umm, sí, Juan, dame duro... —exclama.
Empiezo suave, pero después arremeto contra ella, dándole el placer que tanto buscaba. No sé cuántos orgasmos le hice tener esa noche, solo sé que también necesitaba esta liberación.
Antes de que amaneciera, le pedí que se fuera y que no le comentara esto a nadie. Cabe destacar que esa noche no la besé ni una vez; no quería borrar los besos de Emili, mi Emili.