Capitulo 18

1408 Words
​—Me visto rápidamente, agarro las muletas y salgo lo más rápido que puedo. No quiero que Juan se pelee con ese miserable, si es que es él; pero al llegar a la puerta veo que es Sandrita, la señora que viene a limpiar dos veces por semana, y respiro profundo. ​—Buen día, señorita. Le estaba diciendo al joven que soy la señora que hace el aseo, pero no me cree. ​—Hola, Sandrita, adelante. Es que no le comenté a Juan que vendrías; lo siento, lo olvidé. Pero pasa, ya nosotros nos vamos. No estaré aquí por unos días, así que puedes usar las llaves que te di. ​—Está bien, señorita. Permiso —y se va a la cocina. Juan me ve serio. ​—Disculpa, amor, me olvidé de Sandra completamente. ​—Ok, no pasa nada. Vamos por tus cosas. ​Vamos a mi habitación, me aseo rapidito, agarro una pequeña maleta, guardo unos cambios de ropa y me voy con Juan; no quiero más sorpresas. Antes de salir, le digo a Sandrita que no diga nada de que me vio irme; si alguien llega a venir, que solo diga que cuando llegó no había nadie. Ella asiente y luego nos vamos. ​Llegamos a la camioneta de Juan; él guarda mi maleta y luego abre la puerta para mí. Al montarse, recibe una llamada. ​—Hola, buen día… Ok, entiendo. Estoy cerca, llego en cinco minutos. Hasta luego —y cuelga—. Era de la inmobiliaria, amor; ya me están esperando en el departamento. ​—Ah, qué suerte, justo a tiempo. ​—¡Sí!, aunque yo quería que fuéramos a desayunar primero, pero bueno, no hagamos esperar a esta gente, mira que es largo el camino. ​Y nos fuimos, pero solo dio la vuelta a la camioneta y se paró en el edificio de enfrente. ​—¿Qué pasa? ¿Por qué nos detenemos de nuevo aquí? —le pregunto. ​—¡Llegamos! ​—¡Quéee! ¿Cómo que llegamos? ¡Si no nos hemos ido! ​—Jajajajaja, sí, bebé. Mi nuevo departamento es frente al tuyo. ​—Eres un tonto, Juan, no te creo. ​—Pues créeme. ​Se baja, me abre la puerta y me ayuda a bajar, y luego a subir al último piso. Toca una puerta y alguien abre. Sale una mujer muy elegante. ​—¡Juan! Vaya, qué rápido has llegado. Adelante, te estaba esperando. ​¿Y esta quién es, que lo trata con tanta confianza? Pasamos y ella empieza a buscar unos papeles, ignorándome. ​—Sí, es que estaba realmente cerca de aquí. ​—Qué bueno. No sabes todo lo que tuve que hacer para que te pudieras quedar con el apartamento; me debes una salida. ​Juan me mira nervioso y yo lo veo con cara de querer matarlo. ​—Eh, claro, pronto te invito a almorzar; no me gusta quedar debiendo. ​—Jajajajaja, tranquilo, cuando quieras me puedes llamar —se voltea y me observa, y ahí salta Juan. ​—Ah, Carol, ella es Emili, un… ​No lo dejo terminar de hablar porque le dirá que soy una amiga. ​—¡Su novia! ​Y ella pone los ojos como platos. ​—¡Disculpa! Yo hablando tanto y no sabía que estabas ahí… o bueno, en realidad no sabía que él tenía novia. ​—¿Y por qué tendrías que saberlo? —le contesto—. Tú solo tienes que hacer tu trabajo y ya. ​Estaba furiosa y ella se pone furiosa también, pero se limita a hacer su trabajo. ​—Claro, entiendo. Firme aquí, Juan. ​Él solo firmó; se le nota la cara de vergüenza que trae. ​—¡Eso es todo! Tome sus juegos de llaves y, si necesita algo, no dude en llamar a la inmobiliaria. ​—Gracias, Carol, y disculpa lo malo. ​Ella le tuerce los ojos y se va. ​—¡Hasta luego! —dice saliendo del apartamento. Me le quedo viendo a Juan, que está en completo silencio. ​—¿Qué le dijiste a esa mujer, Juan? Porque se le nota que está loquita por ti. ​—Nada, no le dije nada —responde serio. ​—¿Ah, no? ¿Y por qué actuó de esa manera? Te estaba coqueteando sin darse cuenta de que yo estaba aquí. Además, ¿cómo me ibas a presentar, eh? Ibas a decir que era una amiga, ¿verdad? —traga saliva. ​—Emili, cuando Carol y yo hablamos, le dije que estaba soltero porque ella preguntó si el apartamento era para mi esposa y, bueno, le dije que si me ayudaba a conseguir el apartamento podríamos salir una vez. Y con respecto a cómo te iba a presentar, iba a decir que una amiga para no quedar mal; además, no sé qué somos tú y yo. ​—¡Ah, no sabes qué somos tú y yo! Muy bien, Juan, mejor me regresas a mi apartamento. ​—Bebé, es que es verdad. A ver, dime tú: ¿qué somos? ​Me quedo pensando y es verdad, no hemos definido nada de nuestra relación. ​—¡Está bien, Juan, ya! Pero si veo a esa mujer de nuevo coquetearte, te juro que la desmoño. ​—Vaya, pero qué celosa y posesiva te has puesto —me agarra de la cintura y me abraza—. Una mujer decente jamás haría algo así. Puedes seguir usando palabras como las que usaste para marcar tu territorio, pero nada de peleas; eso se ve feo en una mujer, y más en una como tú, tan hermosa y delicada. ​—¿Con eso me quieres convencer, verdad? Pues voy a defender lo mío con uñas y dientes si es posible —le digo decidida. ​—Eso está bien, mi amor. Ven para que conozcas el departamento. ​Me carga, llevándome a cada lugar; y sí, está muy hermoso y lujoso. ​—¡Oye! Me engañaste como a una tonta —le pego por el hombro. ​—¿Por qué dices eso, bebé? ​—Me dijiste que quedaba lejos el departamento y mira, está al pasar la calle. ​—Jajajajaja, ahora entiendes por qué no lo podía perder: desde aquí te puedo ver todos los días. ​—¡Estás loco, Juan!… ​—¡Sí!, pero sabes qué es: loco por ti, bebé. ​Y nos besamos, tanto así que nos descontrolamos un poco y me llevó hacia la cama, quedando encima de mí. ​—Amor, sabes que no puedo… —le digo entre besos. ​—Lo sé, lo sé, pero solo quiero sentirte así y besarte. Me traen loco tus besos, no te lo había dicho, ¿verdad? ​—No, no me lo habías dicho —le respondo. ​—¡Pues sí! Me encanta tu boca, tus labios, tu lengua, tu sabor… uff, me vuelves loco de deseo. ​Y me besó más apasionadamente tocando mi abdomen; creo que le encanta porque no deja de acariciarlo siempre que puede. Si no estuviera en mi periodo, creo que este hombre no me hubiese dejado salir de la cama en días. ​—Mejor vamos a desayunar, amor; necesito comer algo urgente, ya que no te puedo comer a ti. ​Fuimos a desayunar, luego nos fuimos a un parque donde íbamos cuando éramos novios y nos sentamos en las gradas. ​—¿Recuerdas cuando veníamos aquí a comer helados? —me mira a los ojos. Yo estoy acostada y tengo la cabeza en sus piernas. ​—Claro que lo recuerdo, amor. Nunca he olvidado nada de ti o de lo que hacía contigo —me da una pequeña sonrisa. ​—¡Me alegra saber eso! Tú has sido lo más importante de mi vida, ¿sabes? Lo más grande y lo más bonito. Sin ti no creo poder ser feliz. Eres tan hermosa, pero no me he fijado en tu belleza exterior, sino en la que llevas por dentro, mi cielo; ahí, en tu corazón. Eres y serás siempre la mujer perfecta para mí, mi dulce niña. ​Acaricia mi rostro y una lágrima sale de mis ojos y desliza por mi mejilla.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD