☠️Inquietud ☠️

2821 Words
El dolor era un viejo amigo; uno que me recordaba que seguía vivo. Pero esta vez, el dolor venía acompañado de un hedor a enfermedad que se adhería a las paredes de la habitación como una segunda piel. Cada parte de mi cuerpo gritaba, un coro de agonía que no me dejaba olvidar la violencia de la que había sido objeto. Y lo que más me fastidiaba, más allá del dolor, era la incertidumbre, el no saber quiénes eran los hijos de perra que me habían hecho esto. La puerta se cerró con un clic suave, y la habitación quedó en silencio. Solo Sergei y yo, y la noche que se cernía sobre nosotros como un manto. Me incorporé con esfuerzo, apoyándome en los codos, y clavé mi mirada en él. —Sergei —escupí las palabras con un desdén que no lograba ocultar mi debilidad—. No me importa si estando en el mismo cielo. Solo quiero saber una cosa: ¿quién? Dime que tienes algo, cualquier pista que me lleve a esos bastardos. Sergei se mantuvo impasible, pero sus ojos revelaban una tormenta que se avecinaba. —Estamos trabajando en ello, Dimitri. No te preocupes, los encontraremos. Y cuando lo hagamos, pagarán caro. Una sonrisa torcida se dibujó en mi rostro, una promesa de dolor para aquellos que habían osado tocarme. —Eso espero, porque cuando los tenga frente a mí, no habrá piedad. Ellos me han dado una razón para cazar, y no descansaré hasta verlos suplicar por su miserable existencia. Con esas palabras, me dejé caer en la almohada, cerrando los ojos. El dolor seguía ahí, pero ahora tenía un propósito, una dirección. Y eso era todo lo que necesitaba. El dolor y la ira se desvanecían en un segundo plano, eclipsados por el recuerdo fugaz de una figura que parecía danzar al borde de mi conciencia. Liliana. Su nombre era como un susurro en la oscuridad, una presencia que se negaba a ser ignorada. —Sergei —dije, mi voz apenas un murmullo ronco—. Habla de ella. La chica que estaba aquí cuando desperté. Sergei frunció el ceño, su sorpresa evidente incluso en la penumbra de la habitación. —¿De quién hablas, Dimitri? —preguntó, claramente desconcertado. —Liliana, —insistí, la impaciencia tiñendo cada palabra—. No juegues conmigo. ¿Quién es ella? ¿ Por un momento, Sergei guardó silencio, como si midiera sus palabras. Luego, con un suspiro, comenzó a hablar. —Liliana... No tengo mucha información de ella, sólo se que es huérfana la dejaron aquí cuando era una bebé, pero más nada. La información era escasa, pero suficiente para avivar la llama de la curiosidad en mi interior. —Necesito saber más —exigí, sintiendo cómo la determinación se apoderaba de mí una vez más La habitación estaba sumida en un silencio sepulcral, roto solo por el eco de mis palabras. La determinación me consumía, una llama voraz que no podía ser sofocada. Liliana... su nombre era un enigma, una melodía que resonaba en los confines de mi mente, insistente, ineludible. —¿Por qué razón quieres saber más de ella? —Sergei rompió el silencio, su voz un hilo de cautela en la oscuridad. Mi paciencia, ya de por sí colgando de un hilo, se desvaneció. —Desde cuándo tengo que darte explicaciones de lo que quiero —repliqué con un gruñido, la irritación palpable en cada sílaba—. No estoy aquí para jugar a los acertijos contigo. Haz lo que te ordené. Investiga. Sergei asintió, su silueta una sombra contra la ventana, y se retiró sin una palabra más. La puerta se cerró con un clic, y la soledad volvió a envolverme. Liliana... su imagen se había grabado en mi memoria, una presencia que, aunque fugaz, había dejado una marca indeleble. ¿Quién era ella? ¿Por qué su recuerdo me perseguía con tal intensidad? Cada vez que cerraba los ojos, la veía: su figura etérea, su mirada que parecía ver a través de mí, como si conociera los secretos más oscuros de mi alma. No podía sacarla de mi cabeza. Era como si ella fuera la pieza que faltaba, la clave que abriría la puerta a todas las respuestas que buscaba. Y yo, Dimitri Ivanov, no era hombre de dejar preguntas sin respuesta. —Liliana —susurré en la oscuridad. La noche avanzaba, y con ella, la certeza de que el amanecer traería consigo nuevos desafíos. Pero por ahora, la imagen de Liliana era todo lo que tenía, y me aferraba a ella como un náufrago a un salvavidas en medio de la tormenta. Y con esas palabras, la habitación volvió a sumirse en el silencio, dejándome solo con mis pensamientos y la imagen persistente de Liliana, la llave de un misterio aún sin resolver. La oscuridad de la habitación no podía competir con la claridad con la que la imagen de Liliana se mantenía en mi mente. Sus ojos azules, intensos y profundos, eran como dos joyas que brillaban incluso en la ausencia de luz. Sus labios, rosados y carnosos, esbozaban una promesa de dulzura en un mundo que yo había pintado de gris. Y esas pecas, esas malditas pecas, eran como estrellas dispersas en el cielo nocturno de su rostro, invitándome a descubrir el universo que se ocultaba bajo su piel. No era un hombre que se dejara llevar por la belleza superficial, pero había algo en Liliana que me desarmaba. No era solo su apariencia; era la manera en que su presencia parecía llenar la habitación, incluso en su ausencia. Era como si cada parte de ella estuviera diseñada para capturar la atención, para dejar una impresión duradera que no podía, ni quería, sacudirme. Me sorprendía a mí mismo pensando en ella. Era una distracción, sí, pero una que acogía con una curiosidad que no había sentido en mucho tiempo. —Liliana —susurré su nombre, saboreando la forma en que se deslizaba por mi lengua—. ¿Quién eres realmente? No necesitaba respuestas ahora; no sobre mi ataque, no sobre mis enemigos. Por una vez, permití que mi mente se perdiera en pensamientos que no estaban teñidos de sangre y violencia. Por una vez, me permití ser un hombre, no una máquina de guerra. Y todo gracias a ella, a la enigmática Liliana, que con su mera existencia había logrado hacer una pausa en el caos de mi vida. La luz del amanecer se filtraba por las rendijas de la persiana, anunciando un nuevo día. yacía en la cama, mi cuerpo aún resentido por las heridas, pero mi mente siempre está alerta. Escuché el suave roce de la puerta al abrirse y, por el rabillo del ojo, vi la figura de Liliana entrar con cautela, con bandeja en sus manos. Observé cada uno de sus movimientos, la forma en que sus ojos escudriñaban la habitación, como si temiera encontrar algo fuera de lugar. La bandeja contenía comida, pero era lo último en lo que me fijaba. —Buenos días —dijo con una voz tímido. —¿Qué haces aquí? —pregunté, mi voz aún ronca por el sueño interrumpido. —Vine a limpiar tus heridas, el Dr. Bien más tarde, pero antes debo verificar que están sanando correctamente —respondió con una voz que intentaba ser firme, pero que no podía ocultar un temblor apenas perceptible—. Y pensé que podrías tener hambre, debes alimentarte correctamente para que recuperes fuerzas. La observé acercarse, la bandeja temblaba ligeramente en sus manos. No pude evitar notar la delicadeza de sus dedos, la gracia de sus movimientos. Era como si cada gesto que hacía estuviera cargado de significado, como si cada paso que daba hacia mí borrara la distancia entre nuestras dos mundos. Mi polla comenzó a hincharse, joder era un reflejo involuntario, esta maldita mujer estaba despertando un deseo que no entendía. No pronuncié palabra alguna, la gratitud no tenía cabida en mi mundo. No necesitaba su compasión, no deseaba su cuidado. Sin embargo, algo en su presencia me incitaba a mantenerla cerca, a no dejarla ir. Ella colocó la bandeja sobre la mesilla de noche y se preparó para atender mi herida. Su mirada se posó en mí, evaluando, calculando. Me pregunté qué imagen formaría ella de mí. ¿Me vería como el monstruo que muchos creían que era, o sus ojos revelarían una comprensión más profunda? —¿Puedo? —preguntó Liliana con cautela. Con un simple asentimiento, le di permiso para continuar. Observé cada movimiento suyo, la forma en que sus mejillas se tiñeron de un suave rubor cuando nuestras miradas se encontraron. Era una vulnerabilidad que no esperaba de ella. Joder eso me prendia aún más, con una de mis manos trata de tapar mi abultada v***a, que amenazaba con romper mis pantalones. —¿Eres enfermera? —le pregunté, mi voz baja pero firme. Liliana negó con la cabeza, una mecha de cabello cayendo graciosamente sobre su frente. —No, nunca había atendido a un herido antes —confesó, su voz apenas un susurro—. Pero el doctor me enseñó cómo limpiar la herida. Su admisión me sorprendió, y por un momento, la vi no como la enigmática figura que había perturbado mis pensamientos, sino como una mujer real, con temores y dudas. Era un lado de Liliana que no había considerado, y eso solo servía para profundizar el misterio que la rodeaba. —Entonces, eres una aprendiz rápida —dije, permitiéndome una sombra de sonrisa. Ella asintió, su concentración volviendo a la tarea en mano. Mientras limpiaba la herida con manos seguras, me encontré contemplando la paradoja que era Liliana: una mezcla de inocencia y determinación, de belleza y misterio. Y mientras el sol ascendía en el cielo, marcando el comienzo de un nuevo día, supe que Liliana era mucho más que una simple curandera. Ella era un enigma que necesitaba resolver, y algo me decía que el proceso sería tan peligroso como revelador. —Gracias por tu disposición a ayudar en el convento —dijo, su voz un hilo de sinceridad que no esperaba. Solo asentí, manteniendo mis ojos fijos en ella, estudiando cada matiz de su expresión. No había palabras que pudieran describir la complejidad de lo que sentía, una mezcla de cautela y una inexplicable atracción. En un intento de ponerse de pie, los nervios la traicionaron. Sus movimientos, normalmente gráciles, se tornaron torpes y, con un pequeño tropiezo, cayó hacia adelante, su rostro acercándose peligrosamente al mío. Cada una de sus manos colocadas de cada lado de mi cuello, detenido su peso para no lastimarme. Por un instante, el tiempo pareció detenerse. Su respiración se entrecortó, sus ojos azules se agrandaron por la sorpresa, reflejando un cielo despejado que nunca había tenido el privilegio de contemplar tan de cerca. Su fragancia, una mezcla de jabón y algo dulce, llenó mis sentidos, desplazando el habitual olor a antiséptico. —Cuidado —dije, mi voz más suave de lo que pretendía, mientras mis manos se movían por instinto para estabilizarla. Ella se recuperó rápidamente, retrocediendo con un rubor que coloreaba sus mejillas aún más. Era una vulnerabilidad que no le había visto antes, y que, de alguna manera, la hacía aún más intrigante. —Lo siento —murmuró, evitando mi mirada. —No hay problema —respondí, pero mi mente ya estaba en otro lugar. La cercanía accidental había roto alguna barrera invisible entre nosotros, y ahora, la curiosidad que había sentido por Liliana se transformaba en algo más profundo, algo que no podía ignorar ni explicar. Mientras ella se alejaba, la certeza de que Liliana era un misterio que necesitaba resolver se hizo aún más fuerte. Pero ahora, había algo más, una conexión que no podía negar, y que sabía que cambiaría el curso de los acontecimientos de una manera que ni siquiera yo podía prever. En ese momento fuimos interrumpidos por Sergie y la madre superiora, seguido por un señor mayor, vestido con un bata blanco y un maletin en las manos, no cabía duda que era un médico. Liliana, con un gesto de disculpa, intentó retirarse, pero el médico la detuvo con una pregunta . —¿Cómo estaban las heridas del señor, señorita ? —preguntó, su tono profesional pero no exento de curiosidad. —Están... están limpias y tratadas —respondió, su voz revelando la inseguridad de alguien que no está acostumbrada a este tipo de atención. El médico asintió, aparentemente satisfecho con su respuesta, y se volvió hacia mí. —Señor, necesitamos hablar sobre su recuperación y los próximos pasos a seguir —dijo, y algo en su tono me hizo sospechar que había más en juego que mi simple bienestar. La madre superiora se acercó, su mirada se cruzó con la mía, y en ella leí una preocupación que iba más allá de la compasión religiosa. Sergei permanecía en silencio, su presencia era como una roca en medio de la corriente, inamovible y seguro. Sabía que podía contar con él, sin importar lo que viniera. El médico me entregó una lista de medicamentos, su voz era un murmullo distante mientras mi mente aún seguía las sombras que Liliana y la madre superiora dejaron al retirarse. Cuando la puerta se cerró tras ellos, el silencio cayó como un manto pesado sobre la habitación. Sergei rompió el silencio, su voz era grave, cargada de una urgencia contenida. —Tú teléfono no ha dejado de sonar —dijo, sacando el aparato de su bolsillo y colocándolo sobre la mesilla—. Los candidatos están impacientes por noticias tuyas. Viktor y Nikolai saben lo que te sucedió, Natalia también ha estado muy insistente, no se como la soporta. Asentí, apenas registrando sus palabras. Los candidatos y todos los demás podían esperar; había asuntos más apremiantes que requerían mi atención. —Y hay más —continuó Sergei, su mirada fija en la mía—. Tenemos noticias sobre el ataque. Hemos encontrado a los responsables. Esa noticia me sacó de mi ensimismamiento. Mi pulso se aceleró, no por miedo, sino por la anticipación de la caza. —Llévame a ellos —ordené, mi voz era un gruñido bajo. Sergei negó con la cabeza, una expresión de pesar cruzó su rostro. —No están aquí, Dimitri. Están en Chicago. Y todo indica que son hombres del limpiador que Harrison contrató para reemplazarte. La revelación me golpeó como un puñetazo. Ese hijo de puta, no sabe con quién diablo se metió, pero pronto lo sabría. —Prepara todo para el viaje —dije, levantándome de la cama con determinación—. Vamos a Chicago. Es hora de recordarles a todos quién es realmente Dimitri Ivanov. —Sabía que dirías eso y ya tengo todo listo para partir. Los hombres estaban preparados, están listos para tus ordenes— Abrió la puerta y uno de ellos le pasó un traje elegante. Con un gesto, me indicó que necesitaba un baño. —Te ves como si hubieras luchado con un oso, y el oso ganó —comentó Sergei con una franqueza que solo él podía permitirse. Gruñí en respuesta, pero sabía que tenía razón. Un baño rápido y estaría listo para enfrentar lo que fuera necesario. Busque el baño con la mirada, un puerta se encontraba frente a mí, deduje que esa serie el baño y no me equivoque. Una pequeña lina carmesí brilla no mi abdomen, mi herida tenía una pequeña gota de sangre, revise para verificar que no estuviera abierta, tal parece que me lastime con el brusco moviendo al ponerme de pie. Mientras el agua lavaba la sangre y el sudor, mi determinación se cristalizaba. No solo iba a encontrar a los responsables, iba a asegurarme de que lamentaran el día en que se cruzaron en mi camino. El vapor del agua caliente se disipaba, pero la furia dentro de mí no. La herida de bala en el espejo era un recordatorio de lo cerca que había estado de perderlo todo. Pero también era un símbolo de mi resiliencia, la prueba de que aún estaba aquí, aún en control. Me vestí con una precisión mecánica, cada pieza de ropa era una declaración de mi regreso al juego. Mi cabello, ahora perfectamente peinado, y mis zapatos, brillantes como el acero, eran parte de mi armadura. Mirando mi reflejo, no vi al hombre herido en una cama. Vi al depredador, al maestro del juego, al soberano indiscutible de mi mundo. La palabra destruir resonaba en mi mente como un mantra. Aquellos que pensaron que podían eliminarme solo habían encendido la mecha de su propia destrucción. Sergei me esperaba, su presencia era un presagio de la tormenta que se avecinaba. Asintió con una mirada que decía que estaba listo para lo que se avecinaba. —Es hora —dije con una voz que era un susurro cargado de promesas—. Vamos a Chicago. Que comience la caza. ___________________________________ Finalizada en watttpa.
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