💞Liliana Ivanov 💞

3116 Words
Al amanecer, el sol comenzó a esparcir sus cálidos rayos por la habitación, despertándome con su suave caricia. Me estiré, sintiendo el confort de mis sábanas y la familiaridad de mi habitación en el convento. Cerré los ojos por un momento, dejando que la emoción del día que se avecinaba se apoderara de mí. El aroma a incienso y a pan recién horneado flotaba en el aire, recordándome las rutinas matutinas del convento. Me levanté con un suspiro de gratitud, agradecida por la paz y la armonía que reinaban en aquel lugar sagrado. Mientras me vestía con un sencillo vestido blanco, mi mente se llenaba de pensamientos positivos y de oraciones silenciosas. Bajé al comedor, donde las otras jóvenes novicias ya se encontraban desayunando en un ambiente de camaradería y calma. Las risas suaves y los murmullos de conversaciones amistosas llenaban el espacio, creando una atmósfera de serenidad y conexión entre nosotras. Emily, mi amiga más cercana en el convento, me recibió con una sonrisa cálida cuando me senté a su lado en la mesa. Su cabello castaño caía en suaves rizos alrededor de su rostro iluminado por la felicidad del nuevo día. —Buenos días, Lili—dijo con voz melodiosa, extendiéndome una taza de té humeante. —Buenos días, Em—, respondí con una sonrisa, sintiéndome agradecida por tener a alguien tan cercana y amable en mi vida en el convento. Tomé la taza entre mis manos, dejando que el aroma reconfortante del té llenara mis sentidos, mientras Emily continuaba hablando sobre lo emocionada que estaba, su padre pronto vendría a visitarle. Después del desayuno, nos dirigimos al jardín para nuestras prácticas de meditación y reflexión. Sentada bajo la sombra de un árbol centenario, dejé que mis pensamientos se disiparan y mi corazón se llenara de gratitud por la vida que llevaba en el convento. Cada día era una oportunidad para crecer en la fe y en el servicio a los demás, y eso me llenaba de alegría y propósito. Aunque no era una monja, me sentía parte integral de la comunidad conventual que me había acogido desde mi más tierna infancia. Mi historia era un misterio incluso para mí misma; alguien me dejó en la puerta del convento cuando era apenas un bebé, envuelta en una manta suave y acompañada por una nota que solo decía: "Hola, mi nombre es Liliana". Las bondadosas monjas me recibieron con amor y cuidado, criándome como si fuera una de ellas. Aprendí los valores de la fe, la compasión y la humildad de sus enseñanzas y ejemplos diarios. Cada gesto de bondad que recibía de ellas me recordaba el poder transformador del amor y la dedicación hacia los demás. A medida que crecía, también crecía mi curiosidad sobre mi origen y mi identidad. Las monjas nunca ocultaron mi historia, pero tampoco tenían respuestas concretas sobre quiénes eran mis padres o por qué me habían dejado en la puerta del convento. A veces, en la quietud de la noche, me preguntaba qué historia se escondía detrás de aquel simple "hola" escrito en la nota que me acompañó desde el inicio de mi vida. A pesar de las incógnitas que rodeaban mi pasado, me sentía agradecida por el presente que tenía. Cada día era una bendición, y mi propósito era honrar la generosidad y el amor de las monjas que me habían dado un hogar y una familia en aquel lugar sagrado. Emely se dio cuenta de que mis pensamientos estaban lejos de nuestro entorno, inmediato me llamó suavemente por mi nombre. Al volver a la realidad, la miré con una sonrisa apenada y le pedí disculpas por mi distracción. —Liliana, ¿en qué estabas pensando?—preguntó Emely con curiosidad, sus ojos verdes brillando con complicidad. Tomé una respiración profunda antes de responder. —Estaba pensando en mi origen, en cómo llegué aquí al convento. A veces me pregunto quiénes fueron mis padres y por qué me dejaron aquí. Emily, con su cabello castaño y ojos chispeantes, me miró con compasión mientras yo compartía mis pensamientos más profundos sobre mi origen desconocido. —Lili, entiendo tus preguntas y tus inquietudes. Todos tenemos nuestro propio camino y nuestras propias preguntas sobre la vida— dijo Emily con voz suave, dejando en claro que entendía la profundidad de mis reflexiones. Emely escuchó atentamente mis palabras, su rostro reflejando comprensión y empatía. Sin embargo, sabía que la vida de Emely en el convento tenía un trasfondo diferente al mío. A diferencia de mí, ella no era huérfana y provenía de una familia adinerada. Sus padres habían tomado la decisión de enviarla al convento con la esperanza de que encontrara un camino más recto y sereno, ya que Emely era conocida por su espíritu rebelde y su deseo de vivir la vida al máximo. Además su padre era una figura conocida y su hija debía ser un ejemplo a seguir. A pesar de las diferencias en nuestras historias, Emely y yo éramos amigas cercanas y nos apoyábamos mutuamente. Sabía que detrás de su apariencia despreocupada y su afán por divertirse, había una joven con un corazón generoso y una mente inquisitiva. Nos quedamos juntas bajo el árbol centenario, compartiendo momentos de complicidad y amistad en medio de la quietud del jardín. Aunque nuestras historias fueran diferentes, nuestra conexión y apoyo mutuo eran una prueba de la belleza de las relaciones humanas y la importancia de estar presentes el uno para el otro en cada paso del camino. —Lili, ¿has pensado en mi propuesta de irnos juntas a la ciudad y asistir a la universidad? Sé que es una decisión importante, pero creo que sería una experiencia increíble para ambas—dijo Emily con entusiasmo, su cabello castaño danzando con la brisa suave del jardín. Sus palabras resonaron en mi mente, recordándome la oportunidad que había surgido en mi vida gracias a la amistad y generosidad de Emily. La idea de dejar el confort y la seguridad del convento para aventurarme en un nuevo mundo me emocionaba y aterraba al mismo tiempo. Tomé un momento para reflexionar sobre la propuesta de Emily, sopesando las posibilidades y los desafíos que implicaba. Sabía que mi vida en el convento me había dado una base sólida de valores y conocimientos, pero también sentía el anhelo de explorar nuevas oportunidades y descubrir más sobre mí misma y el mundo que me rodeaba. —No lo sé Emily, es una decisión importante, y te agradezco por pensar en mí para compartir esta experiencia contigo. Déjame reflexionar un poco más y te daré una respuesta pronto— respondí con sinceridad, apreciando la confianza y el apoyo que Emily me brindaba en cada paso de mi camino. —Está bien, Lili, pero no te puedes tardar. Mi padre viene la próxima semana y tengo que informarle a qué universidad pienso ir, y por supuesto que tú vendrás conmigo —insistió Emily con determinación, evidenciando su entusiasmo por la idea. Me sentí abrumada por la rapidez con la que debía tomar una decisión tan importante. Quería explorar nuevas oportunidades y seguir mis sueños, pero la idea de depender completamente de la generosidad de los padres de Emily me causaba cierta incomodidad. Antes de que pudiera responderle, una de las novicias se acercó a nosotras con una expresión seria en el rostro. —Liliana, la madre superiora te está llamando. Dice que es urgente— anunció la novicia, interrumpiendo nuestra conversación. Agradecí internamente la interrupción, ya que me dio un respiro para reflexionar más detenidamente sobre la propuesta de Emily y sobre mis propios sentimientos y preocupaciones. Me despedí rápidamente de Emily, prometiéndole darle una respuesta lo antes posible, y me dirigí hacia donde me esperaba la madre superiora, con el corazón latiendo con anticipación y cierta ansiedad por lo que pudiera ser esa urgencia. Mientras me dirigía hacia donde me esperaba la madre superiora, un pensamiento no deja mi mente tranquila. ¿Cómo sería dejar el confort y la seguridad del convento que había sido mi hogar durante tantos años? La idea de aventurarme en un mundo desconocido, fuera de los muros sagrados que me habían protegido y guiado, me llenaba de emociones encontradas. Por un lado, sentía un anhelo profundo de explorar nuevas oportunidades y descubrir más sobre mí misma y el mundo que me rodeaba. La universidad representaba un camino hacia el conocimiento, la independencia y la realización de mis sueños. Imaginaba las clases, las amistades, las experiencias de aprendizaje que podría tener, y todo ello despertaba una chispa de entusiasmo y curiosidad en mi corazón. Pero al mismo tiempo, la idea de dejar atrás la vida que conocía, las rutinas diarias en el convento, la compañía de las monjas y las amistades que había cultivado, me llenaba de nostalgia y dudas. ¿Estaría lista para enfrentar los desafíos y responsabilidades que conllevaba la vida fuera del convento? ¿Podría mantenerme fiel a mis valores y principios en un mundo más amplio y diverso? El sonido de mis propios pasos resonaba en los pasillos mientras mi mente seguía dando vueltas a estas preguntas y reflexiones. Sabía que la decisión que tomara tendría un impacto significativo en mi vida y en mi futuro. Sin embargo, también sentía una confianza interior, una sensación de que sea cual fuera la elección que hiciera, estaría acompañada por la sabiduría y la guía divina que siempre había sentido en el convento. Al llegar ante la puerta de la madre superiora, toqué con delicadeza y escuché su voz suave que me indicaba que podía entrar. Abrí la puerta lentamente y me adentré en la habitación, sintiendo una mezcla de nerviosismo y curiosidad por lo que me esperaba dentro. La madre superiora estaba sentada en su escritorio frente a la puerta, su expresión serena pero atenta. Sin embargo, algo llamó mi atención de inmediato: había un hombre vestido de traje de espaldas a mí, lo cual me sorprendió ya que rara vez veíamos visitantes en el convento, especialmente hombres. —Buenos días, madre —dije con respeto, manteniendo mi postura tranquila a pesar de la presencia inesperada del hombre desconocido. La madre superiora asintió con una sonrisa amable. —Buenos días, Liliana. Por favor, acércate. Quiero presentarte a alguien muy importante. Con paso seguro pero lleno de curiosidad, me aproximé al escritorio. El hombre se giró lentamente para enfrentarme, revelando un rostro serio pero amable, con ojos que parecían ocultar historias y experiencias. —Liliana, permíteme presentarte al Sr. Kuznetsov , un hombre de negocios muy respetado. El Sr. Kuznetsov ha venido a hacer un aporte muy importante en nuestro convento. Te mandé a llamar porque quiero que seas tú quien le muestre el lugar, ya que estás tan involucrada con los niños. Además, es bueno que le puedas informar sobre lo que les hace falta —anunció la madre superiora con solemnidad. —Por supuesto, madre. Por favor, Sr. Kuznetsov, acompáñeme —respondí con respeto y una leve sonrisa, invitando al Sr. Kuznetsov a seguirme para iniciar el recorrido por el convento. Comencé a guiar al Sr. Kuznetsov por los pasillos del convento, explicándole con entusiasmo y detalle las diversas actividades y programas que realizábamos para ayudar a los niños y a la comunidad en general. Le hablé sobre el papel que desempeñaba con los niños, mencionando mi compromiso con su bienestar y educación. El Sr. Kuznetsov escuchaba atentamente, sus ojos analíticos captando cada palabra que decía. Su silencio mientras yo hablaba me daba la impresión de que estaba evaluando la situación y procesando la información que le estaba proporcionando. Continuamos nuestro recorrido por las áreas donde se llevaban a cabo las actividades educativas y de apoyo social para los niños. Le mostré las aulas, las áreas de recreación, y le hablé sobre las necesidades que teníamos en términos de infraestructura, materiales educativos y recursos para mejorar la calidad de vida de los niños. A medida que avanzábamos, noté que el Sr. Kuznetsov se mostraba cada vez más interesado en nuestra labor y en las necesidades que enfrentábamos. Su expresión seria pero atenta indicaba que estaba absorbiendo toda la información y que estaba considerando seriamente cómo podía contribuir de manera significativa al convento y a los niños que atendíamos. Mientras continuábamos nuestro recorrido por el convento, me sentí impulsada a conocer más sobre el Sr. Kuznetsov y su negocio. Con un tono respetuoso pero curioso, me dirigí a él con una pregunta. —Sr. Kuznetsov, ¿podría decirme más sobre el tipo de negocio en el que está involucrado? —pregunté, manteniendo mi mirada fija en sus ojos serios pero penetrantes. El Sr. Kuznetsov me miró con una sonrisa enigmática y se detuvo por un momento antes de responder. —Tengo negocios con políticos —dijo simplemente, como si eso explicara todo. Me sorprendí ante su respuesta, pues no esperaba escuchar eso de un hombre de negocios tan respetado. —¿Es usted un candidato político entonces? —pregunté, tratando de entender mejor su posición. El Sr. Kuznetsov soltó una risa sincera y contagiosa que llenó el espacio entre nosotros. —Oh, no, querida. Mi negocio es mucho más complicado que eso. Estoy involucrado en asuntos que van más allá de la política superficial. Trabajo en áreas que abarcan desde la diplomacia hasta la economía internacional, por favor llámame Sergei—explicó, sus ojos brillando con una mezcla misterio. Me sentí sorprendida al escuchar su nombre completo y su solicitud de que lo llamara Sergei. Su tono amistoso y su manera relajada de comunicarse me hicieron sentir más cómoda en su presencia, a pesar de su posición influyente. —Es un placer conocerlo, Sergei. Me alegra que esté interesado en nuestro convento y en lo que hacemos aquí —respondí con una sonrisa amable, sintiendo una mezcla de gratitud y expectativa ante sus palabras. Sergei asintió con un gesto afirmativo. —El placer es mío, Liliana cierto? escuché cuando la madre superiora te llamó por ese nombre. ¿Qué edad tienes? No lo tomes a mal, pero eres muy joven para ser monja—dijo con amabilidad, demostrando su atención a los detalles. Ante su siguiente pregunta, sobre mi estatus como monja, me sentí un poco inquieta pero decidida a explicar mi situación. —No soy monja todavía. Aunque he crecido aquí en el convento y he sido parte de esta comunidad desde que era muy joven, aún no he tomado los votos y no estoy segura de hacerlo en realidad. —respondí con sinceridad, sintiendo la necesidad de compartir parte de mi historia con él. Noté el interés en sus ojos mientras continuábamos caminando por los pasillos del convento. Decidí abrirme un poco más y explicarle la razón detrás de mi conexión profunda con el convento y los niños a los que servíamos. —Crecí en este convento porque, al igual que estos niños a los que ayudamos, soy huérfana. Fui dejada en la puerta del convento cuando era un bebé.Las hermanas del convento me acogieron y me criaron como una más de ellas, y desde entonces este lugar ha sido mi hogar y mi refugio —le expliqué, compartiendo una parte importante de mi historia con él. Antes de que Sergei tuviera la oportunidad de responder a mi historia, su teléfono celular sonó repentinamente. Observé cómo su rostro pasaba de la curiosidad y el interés a una expresión seria y un tanto sombría. Sin decir una palabra, sacó su teléfono y respondió a la llamada en un idioma que me resultaba completamente desconocido y de tono rudo. Su timbre de voz me dejó intrigada y un tanto inquieta. Intenté no prestar demasiada atención, pero la seriedad en el rostro de Sergei me hizo preguntarme sobre la naturaleza de la llamada y lo que podría estar sucediendo en ese momento. Sergei habló rápidamente por teléfono, su voz transmitiendo una tensión que no había percibido antes en él. Mientras tanto, yo me mantuve a su lado, esperando con curiosidad y una ligera preocupación por lo que pudiera estar ocurriendo. Después de unos minutos, Sergei terminó la llamada y guardó su teléfono con un gesto firme pero contenido. Su expresión volvió a la serenidad, aunque pude notar un matiz de inquietud en sus ojos. —Lamento la interrupción, Liliana. Ahora, ¿dónde estábamos? —preguntó con un intento de retomar la conversación donde la habíamos dejado antes de la llamada. Sin embargo, su breve cambio de actitud no pasó desapercibido para mí, dejando una sensación de intriga y curiosidad sobre la naturaleza de sus negocios y las circunstancias que podrían estar afectándolo en ese momento. Al notar la preocupación en su rostro después de la llamada, decidí no indagar más y retomar el curso de nuestra conversación anterior. —Ese fue todo el recorrido, Sergei. Gracias por tomarte el tiempo de conocer nuestro convento y escuchar sobre nuestra labor aquí —dije con sinceridad, mostrando mi agradecimiento por su visita y su interés genuino. Sergei asintió con gratitud. —Ha sido un placer conocerte, Liliana. Aprecio mucho tu dedicación y tu historia. Ten por seguro que pronto tendrás noticias de mí y de las posibilidades de colaboración que hemos discutido hoy —respondió con amabilidad, expresando su agradecimiento por la hospitalidad del convento y la información que le había proporcionado. Nos despedimos con cordialidad, y mientras Sergei se alejaba para partir, me quedé reflexionando sobre nuestra conversación y sobre la misteriosa llamada que había recibido. Su presencia en el convento había despertado en mí un interés renovado por las oportunidades que podrían surgir para ayudar a los niños y fortalecer nuestra comunidad. —¡Lili! ¿Quién es ese bombón? De repente, mientras estaba inmersa en mis pensamientos, Emily apareció de forma repentina y me sorprendió tanto que instintivamente me llevé la mano al pecho, sintiendo cómo mi corazón latía aceleradamente por el susto. —¡Jesús, Emily! ¡No hagas eso! Me has asustado mucho —exclamé con voz temblorosa, mientras trataba de recuperar la calma después del sobresalto. Emily, con una sonrisa traviesa en el rostro, se disculpó entre risas. —Lo siento Lili, pero dime, ¿quién era ese bombón con el que estabas hablando? —preguntó con curiosidad, haciendo referencia a Sergei de una manera jocosa y llena de complicidad. Aunque aún sentía la agitación por el susto, no pude evitar sonreír ante la expresión divertida de Emily. Sin embargo, mi tono se volvió más serio mientras regañaba a mi amiga. —Emily, no es educado referirse a alguien de esa manera, especialmente cuando se trata de una persona respetable como el Sr. Kuznetsov. Además, estábamos hablando de asuntos importantes sobre posibles colaboraciones para el convento —le recordé con firmeza, expresando mi desaprobación por su comentario juguetón.
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