POV Sasha Milán. Medianoche. El club “La Rosa de Hierro” no tenía letrero. Solo una rosa marchita de hierro forjado colgaba sobre la entrada, como advertencia silenciosa de que, una vez adentro, nada era lo que parecía. Allí las armas no se escondían. Se lucían como relojes de lujo. Y el veneno no se bebía. Se susurraba en copas carísimas de whisky añejo. Entré sola. Tacones de aguja. Vestido n***o ceñido a mi cuerpo como una segunda piel. El tatuaje de la rosa negra con tres gotas rojas visible en mi clavícula, disfrazado de joya exótica para ojos poco entrenados. El objetivo estaba en el segundo nivel, en un reservado que dominaba toda la pista como un trono de cristal. Valerio Moretti. Camisa blanca remangada, copas vacías a su alrededor, y esa maldita arrogancia que lo ha

