POV ÁNGEL
Había pasado un mes desde la partida de Fabiola. Un mes en el que me entregué a mi vocación con toda la fuerza que me quedaba. Días de visitas a hospitales, de catequesis interminables, de repartir alimentos entre las familias más pobres de Brooklyn.
Cada amanecer era una penitencia, pero también una forma de redención. Me decía a mí mismo que si ayudaba lo suficiente, si cuidaba de cada alma con esmero, quizás Dios me perdonaría.
Y parecía que mi esfuerzo rendía frutos.
Una mañana, los periódicos locales publicaron mi nombre. “El sacerdote que devolvió la esperanza al barrio”, titulaban. Había fotos de la parroquia, de los niños en catequesis, de mí cargando cajas de víveres junto a los voluntarios. Las noticias comenzaron a circular. Me entrevistaron en una emisora local, luego en televisión. Los fieles me recibían cada día con más gratitud. En sus ojos veía respeto, incluso cariño.
Un sobre sellado con el escudo de la Curia llegó poco después. Era una carta oficial: reconocían mi labor en Brooklyn y me proponían para una nueva misión, en otro país si yo lo deseaba. Junto con ello, me ofrecían iniciar un curso de preparación para un posible ascenso: el camino hacia el obispado.
Era un honor. Para cualquier sacerdote, un sueño.
Leí la carta una y otra vez, pero no sentí alegría. Dentro de mí había una resistencia amarga, como si algo me atara con cadenas invisibles a esa parroquia humilde y golpeada por la violencia.
Supe la verdad en silencio: no era devoción lo que me retenía, era ella.
Fabiola.
Aunque había desaparecido sin dejar rastro, aunque su nota me había pedido no buscarla, mi corazón se negaba a soltarla. La esperanza de verla volver algún día me hacía quedarme. Rechacé la oferta de la Curia, agradecí el reconocimiento y continué en Brooklyn. Dos días después, el barrio decidió celebrarme. Fue doña Ágata quien organizó la fiesta frente a la parroquia.
Colgaron luces de colores en el jardín, improvisaron mesas con manteles blancos, las familias llevaron comida casera, tamales, panes y vino barato. Los niños cantaban canciones que habíamos ensayado en catequesis, y los vecinos, incluso aquellos que rara vez se acercaban, llenaron el lugar.
Me abrumaba el cariño. Uno tras otro venían a saludarme, a darme las gracias.
—Padre, gracias por lo que ha hecho por mis hijos —me dijo una madre soltera, abrazándome con lágrimas en los ojos.
—Desde que usted llegó, Brooklyn parece un lugar más seguro —me comentó un anciano, estrechándome la mano con fuerza.
—Si no fuera por usted, muchos ya habríamos perdido la fe —agregó otro vecino.
Yo sonreía, respondía con palabras sencillas, bendiciendo a cada uno. Pero en lo más profundo de mi ser, sentía un vacío. ¿De qué servía todo ese reconocimiento si la única persona que deseaba ver entre la multitud no estaba allí?
Doña Ágata, siempre observadora, se acercó con una copa de vino.
—No se deje engañar por la melancolía, padre —dijo con suavidad—. Mire a su alrededor: la gente lo quiere, lo necesita. Ese es su lugar.
Asentí, intentando convencerme.
La fiesta continuó hasta entrada la noche. Hubo risas, música, niños corriendo por el jardín. Cuando los últimos se marcharon, ayudé a recoger las mesas. Me fui a dormir con el corazón dividido: entre la satisfacción del deber cumplido y la punzada de la ausencia de Fabiola.
*
*
El olor a humo me despertó de golpe a medianoche. Abrí los ojos y el aire era espeso, irrespirable. La habitación estaba iluminada por un resplandor anaranjado que se filtraba bajo la puerta. Salté de la cama. El calor era sofocante. Abrí la puerta del despacho y un muro de fuego me recibió. Las bancas del templo ardían como antorchas, las cortinas se consumían en llamas.
—¡Dios mío! —grité, cubriéndome el rostro con la sotana.
La iglesia estaba ardiendo.
Corrí hacia la salida, esquivando trozos de madera en llamas que caían del techo. El humo me llenaba los pulmones, el fuego me perseguía como un demonio desatado. Logré salir al jardín justo cuando un pedazo de techo se desplomó detrás de mí.
Los vecinos comenzaron a salir de sus casas, alarmados. Alguien llamó a los bomberos. El rugido de las llamas iluminaba la calle como si fuera de día.
En medio del caos, lo entendí: aquello no era un accidente. Era un mensaje.
Julián pensé, el debía estar detrás de esto.
El incendio no solo buscaba destruir la parroquia, también buscaba destruirme a mí.
Los bomberos llegaron minutos después, luchando contra el fuego con mangueras y gritos. Pero era inútil. El templo se consumía rápidamente, las imágenes religiosas caían al suelo hechas cenizas, los vitrales estallaban con un sonido doloroso.
Yo me quedé de pie, mirando impotente, con los ojos llenos de lágrimas.
Al amanecer, lo único que quedaba era un esqueleto ennegrecido de paredes y humo. La parroquia, mi hogar durante años, estaba reducida a cenizas.
Me arrodillé en medio de los restos, con las manos sobre la tierra caliente. Sentí el peso de todo sobre mis hombros: mi pecado, mi deseo prohibido, mi incapacidad de proteger lo que Dios me había confiado.
—Señor… —murmuré con la voz quebrada—. Perdóname. Si este es tu castigo, lo acepto. He fallado… he fallado como sacerdote, como hombre, como siervo.
Las lágrimas cayeron sobre las cenizas, mezclándose con el hollín.
Miré al cielo gris de Brooklyn, sabiendo que aquel fuego no solo había consumido un templo de piedra, sino también mi esperanza. Era la marca de mi deseo, el precio de haber amado a Fabiola más allá de mis votos.
Y allí, entre los restos de mi iglesia, comprendí que había perdido la batalla.