POV ÁNGEL La mañana de mi partida el barrio entero se congregó frente a las ruinas ennegrecidas de lo que había sido mi parroquia. Los trabajos de reconstrucción apenas comenzaban: arquitectos, ingenieros y voluntarios se movían entre los escombros con planos y herramientas. Pero para mí, lo importante era la gente. Los niños de catequesis corrieron a abrazarme, aferrándose a mi sotana con risas y lágrimas. —¿Va a volver, padre? —preguntó una niña con trenzas, mirándome con ojos ansiosos. Me arrodillé frente a ella. —Claro que sí. En unos meses, cuando inauguremos la nueva iglesia, que será tan grande que parecerá una catedral, yo estaré aquí con ustedes. Lo prometo. Doña Ágata, de pie junto a la multitud, me observaba en silencio. Su sonrisa era contenida, como si supiera que dentro

