Pov Ángel. Desperté con un pitido constante en los oídos. Era agudo, repetitivo, como el sonido de un reloj que no deja pasar el tiempo. Al principio pensé que seguía soñando, pero el dolor me devolvió a la realidad. Intenté moverme y un ardor me recorrió la pierna derecha. La cabeza me pesaba como si tuviera plomo adentro. Tardé unos segundos en entender dónde estaba. El olor a desinfectante, las paredes blancas, las luces frías. Un hospital. Tragué saliva. Tenía la garganta seca. Intenté hablar, pero solo salió un gemido. —Tranquilo, monseñor. No se esfuerce —dijo una voz femenina. Giré lentamente la cabeza. Una enfermera revisaba las máquinas junto a mi cama. Sonreía, pero su expresión era cansada. —¿Cuánto tiempo…? —alcancé a decir con dificultad. —Estuvo en coma veintisiete día

