NARRADOR. El tren se deslizaba por las montañas canadienses como una sombra alargada. A través del vidrio empañado, Fabiola miraba los pinos pasar, los ríos congelados, los techos cubiertos de nieve. No sabía cuánto tiempo llevaba despierta. Las gemelas dormían en su regazo, envueltas en mantas. El traqueteo del vagón era su única calma. Cada estación era un riesgo. Se aferraba al asiento cuando el tren se detenía, temiendo ver ese rostro que la había perseguido en sueños. Pero nadie subía buscando a nadie. Nadie pronunciaba su nombre. El silencio era su refugio. A lo lejos, las montañas de Alberta aparecieron como una línea blanca. El tren anunció su última parada. Fabiola se puso el abrigo, sujetó con cuidado a las niñas y bajó al andén. El aire era helado, tan limpio que dolía respir

