POV ÁNGEL.
Como cada noche aquí estaba de nuevo orando después de tener un sueño carnal con ella. La sensación del sueño aún ardía en mi piel, como si hubiera sido un evento real en lugar de un simple recuerdo, un pecado que había cometido poco antes de abrir los ojos. Desperté de repente, mi corazón daba saltos, respiraba con dificultad y mi camiseta estaba empapada de sudor. El aire de la habitación era denso, caluroso, casi pesado. Mis manos temblaban, todavía quedaba una impresión de algo que no debería estar ahí. . . pero mi cuerpo estaba convencido de haberlo experimentado.
Fabiola estaba apoyada en la pared del confesionario. Su vestido estaba recogido hasta la cintura, exponiendo la piel suave y ardiente de sus muslos. Ella respiraba rápidamente, con los labios un poco abiertos, mientras yo la sostenía firmemente por las caderas, moviéndola hacia mí. No había palabras sagradas, no había promesas, no había restricciones: solo el movimiento rítmico de nuestros cuerpos. Sus dedos se enredaban en mi cabello, tirando con urgencia. Yo decía su nombre como si fuera una oración al revés, una dulce blasfemia. Ella, entre respiraciones pesadas, me llamaba "mi Ángel", y esa simple palabra, pronunciada por ella, me llenaba de fuego interno.
Podía percibir el aroma de su piel, el calor que desprendía, la manera en que se aferraba a mí como si su existencia dependiera de ese instante. Era tan real que, al abrir los ojos, por un momento pensé que todavía podía tocarla.
Pero solo encontré la soledad de mi habitación y la cruz que pendía sobre mi cama.
Cubrí mi rostro con las manos, sintiéndome avergonzado, y caí de rodillas junto a la cama.
—Perdóname, Señor… —susurré con la voz entrecortada—. Perdóname por todo lo que mi mente ha imaginado y mi corazón anhela…
Me quedé así, con la frente sobre el colchón, hasta que los latidos de mi corazón empezaron a sosegarse. Me levanté, me dirigí al cajón de la mesita de noche y saqué mi cuaderno n***o. Lo abrí y escribí con letra apretada:
"Una noche más. Un sueño más. El deseo aumenta, y yo me desmorono un poco más. Fabiola… eres mi tormento, mi espina, y siento que te estoy perdiendo. "
Apenas terminé de escribir la última palabra, un fuerte golpe resonó en la puerta principal de la iglesia. No era hora de misa ni de visitantes.
Fui hacia la entrada, y al abrir, el frío de la mañana entró acompañado de un hombre que llenó el umbral con una presencia pesada y amenazante. Era alto, de hombros anchos, y tenía tatuajes que subían desde su cuello y desaparecían bajo una chaqueta de cuero desgastada. Sus ojos oscuros parecían cuchillos, y la media sonrisa que mostraba no era amable, sino que resultaba amenazadora.
—Busco a Fabiola —afirmó sin siquiera saludar.
Un nudo se formó en mi estómago. Antes de poder responder, escuché pasos en el pasillo lateral. Ella apareció, y en su rostro noté palidez, tensión… y un doloroso reconocimiento.
—Julián… —susurró.
Él se acercó a ella, y con un tono bajo pero lleno de veneno, dijo:
—Te he estado buscando.
Su mano se aferró al brazo de Fabiola con una presión que hizo que mi instinto me empujara a actuar.
—Déjala —exclamé, tratando de que mi voz sonara firme, aunque sabía que era más una advertencia que una súplica.
Julián me miró de arriba abajo y soltó una risa corta y seca.
—¿Y tú quién eres? ¿El salvador de las que están perdidas? —dijo burlonamente, cargando su tono de algo más oscuro—. No te metas, padre. Esto no te concierne.
Sentí que la ira me invadía, pero también era consciente de que pelear sería un gran error. Sin embargo, di un paso más, interponiéndome entre los dos.
—No te la llevaras a la fuerza.
Ella me miró, y en ese momento entendí que no podría salvarla. Sus ojos estaban llenos de miedo… pero también de resignación.
—Padre Ángel… —susurró, como si me suplicara que no empeorara la situación—. Está bien… iré con él.
Apreté los puños, resistiendo las ganas de arrancarla de sus manos. Pero sabía que cualquier movimiento podría empeorar las cosas. Julián la tiró hacia la salida. Antes de atravesar la puerta, me lanzó una mirada de triunfo, como si se sintiera dueño de un premio.
Cuando la puerta se cerró, el silencio regresó, pero era un silencio denso, que se sentía sobre la piel. Permanecí inmóvil, fijando la vista en un punto, sintiendo que había perdido algo que nunca fue mío.
Esa tarde, la misa salió de mis labios con un tono apagado. Mis ojos buscaban caras en los bancos, pero solo encontraban el vacío que había dejado ella.
Al llegar a mi habitación, encendí la lampara en el escritorio, abrí el cuaderno y escribí:
"Hoy se la llevaron. Siento una presión en el pecho que no es por deseo, sino por impotencia. No puedo hacer más que rezar para que él no le haga daño. Señor, dame fuerzas para no seguirla… porque lo haría. Hoy confirmé que ella es mi debilidad, y que mi fe se tambalea cuando la miro. "
Cerré el cuaderno y lo guardé en el cajón, como si al ocultarlo pudiera esconder también la raíz de mi tormento. Me quedé inmóvil, con las manos apoyadas sobre la madera fría, sintiendo cómo el eco de mis propios pensamientos me ahogaba.
Recordé mis primeros días en el seminario. Yo era apenas un muchacho, pero jamás dudé de mi decisión. Lo recuerdo con nitidez: el amanecer filtrándose por los ventanales, el olor del incienso impregnando cada pasillo, la voz grave del rector repitiendo que “servir a Dios es servir a la verdad absoluta”. Sentía que mi vida tenía un propósito sagrado. Me parecía imposible que nada en este mundo pudiera apartarme de esa senda.
Durante años, viví seguro de que mi vocación era inquebrantable. Oraba con devoción, estudiaba las Escrituras, ayudaba a los necesitados, y cada sacrificio me parecía liviano frente a la grandeza de la misión. No había espacio para dudas… ni para tentaciones.
Pero ahora… ahora todo era distinto. Bastó su presencia para encender algo que creía muerto en mí, algo que no debería existir. Un deseo tan intenso que me asusta, porque amenaza con derrumbar los cimientos de todo lo que soy.
Me acerqué a la ventana. Afuera, la noche estaba cerrada y la lluvia golpeaba con constancia, como si el cielo mismo rezara conmigo. Y, sin embargo, no hallaba consuelo.
Tengo miedo. Miedo de que la próxima vez que ella cruce esa puerta, no encuentre en mí al sacerdote… sino al hombre. Y si eso sucede, no sé si podré volver atrás.
Frente a la cruz, esa noche me arrodillé. Mis labios repitieron oraciones que he sabido de memoria desde que era un niño, pero mi corazón… mi corazón latía con la certeza de que, tal vez, mi fe estaba a punto de ser puesta a prueba como nunca antes.
Y yo… no estaba seguro de salir victorioso.