La luz de las farolas entra por mi ventana, tímida, como si tuviera temor de manifestarse más potente. Afuera llueve. Algunas gotas poderosas e insistentes azotan el cristal de la ventana. Paseo mi mirada por la habitación en penumbras. Un relámpago alumbra por escasos segundos la habitación y una sombra emerge de la nada. — ¿Quién está ahí? —pregunto en voz alta, pero no hay respuesta. Miro el reloj sobre la mesa de noche. Son las tres menos cuarto de la madrugada y sigo sin poder conciliar el sueño... Otra vez. Tengo una semana completa sin dormir bien, las preguntas acechan en mi mente, martilleándome incesantemente como si se tratase de un martillo. ¡Clank, clank! Repican en mi cabeza una y otra vez, impidiéndome dormir, obligándome a no pensar en otra cosa que no sea ese imitador de

