Sonreí complaciente. Él cambió de tema, tuteándome: —Ranier, ¿cómo no me has propuesto traducir y publicar aquí tu último libro de poemas? Me quedé estupefacto: —¿Mi último libro? —No había publicado nada más, aparte de la novela fallida. —Hablo de tus Poesías del amor sereno que has publicado en Suiza. El título me resultaba desconocido. —No entiendo. —… Pero sí. ¡Ese que eran todo sonetos! Espera que me acuerdo de algunos de memoria —Y me recitó uno. Me quedé de piedra: se trataba de los versos que había compuesto para Tartaglia Fioretti, cuya propiedad intelectual ya no me pertenecía. ¿Publicado con mi nombre? Capítulo IX El comprador me había contratado así: El año anterior, unos días después de Navidad, me llamó un joven a la hora de la cena. Con la cadena puesta, entreabrí

