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1523 Words
El vuelo resultó mucho mejor de lo esperado. Superado el inconveniente en migraciones, dónde había tenido que pasar por los métodos más insólitos de chequeo de identidad, Bianca se había puesto su capucha y había intentado dormir. Llegada a Barcelona, las notificaciones en su celular no le habían dado tiempo a nada más que responderle a todos los que, preocupados, velaban por su seguridad. Con su buzo enorme cubriendo su cuerpo y su valija rodando por el pasillo, había subido a un Uber y finalmente se encontraba en la seguridad de su piso. Ni la Basílica de la Sagrada Familia, ni el parque Güell, ni la Casa Batlló. Ninguna atracción había logrado llamar su atención, ni siquiera la costa de ese mar que tantas veces le habían mencionado. Solo la seguridad de las cuatro paredes de su piso y la música sonando a un alto volumen en sus auriculares le habían devuelto un poco de paz, luego de tanto estrés sufrido. Respondiò mensajes, agendò su reuniòn para firmar el contrato, deambuló por las redes con ese perfil vacío llamado Mujer invisible, y luego de muchas vueltas, por fin había logrado conciliar el sueño. Pero lejos de reconfortarla, aquel descanso solo trajo más dudas a su mente. ¿Había hecho bien en irse? ¿Cómo iba a poder rehacer su vida si no conocía a nadie? ¿Cómo se iba a animar a volver a empezar si ni siquiera podía salir a caminar por la ciudad a oscuras? Se preguntaba mientras el agua cálida recorría su cuerpo, uno que no podía reconocer. Acarició su abdomen, rozando aquella piel áspera que marcaba su lado derecho y luego levantó un poco su pierna para volver a analizar aquel perfil que tampoco había resultado ileso. No quería seguir llorando, se suponía que había viajado para dejar la pena atrás. Sin embargo las lágrimas caían como por vida propia. Recordó, a su pesar, la primera vez que había visto a Willy. Recordaba su falda, su espalda casi desnuda, sus zapatos altos moviéndose con destreza para bailar delante de él. Recordó el esfuerzo que había hecho por llamar su atención, luego de que él la hubiera dejado casi hablando sola en el pasillo de aquella fiesta. Una ligera mueca se dibujó en sus labios, cuando el final de esa noche regresó. Podía sentirse en aquel asiento trasero, del auto de su hermano, con su pierna delgada y firme rozando el jean desgastado de Willy, podía recrear sus miradas disimuladas, la forma en la había apoyado su mano sobre su pierna para llamar su atención. Podía sentir su mirada nerviosa cuando le había dado su teléfono en un papel enrollado. Y luego… El sonido de su teléfono la obligó a detener sus pensamientos. Salió con prisa del baño con su toalla anudada y respondió el llamado. -Si, Pato, llegue bien, si, si, me cuido. Ya le avisé a mamá. No tenes que preocuparte.- le respondió a su hermano. -En serio, yo estoy bien, podes enfocarte en disfrutar de tu novia por favor, que bastante tiempo te esperó.- le dijo con algo parecido a una sonrisa en los labios. Su hermano había pasado casi un mes en coma, luego de que un incendio lo hubiera atrapado en el comedor infantil para el que trabajaba y su novia, una joven a la que ella apenas conocía pero que ya amaba, lo había esperado fielmente, sin dejar de creer en él. Sentía que su hermano había encontrado a alguien que lo haría feliz y por eso lo alentaba a continuar con su vida y justamente esa era una de las razones por las que se había alejado también. Ella, su rostro, su cicatriz no hacía más que recordarle aquel concierto en el que el destino de su banda había llegado a su fin. Aunque él nunca lo hubiera dicho, verla, solo le provocaba dolor y culpa, dos sentimientos que no merecía. Cortó la comunicación y regresó para cambiarse. No era fácil escoger el atuendo, llevaba años con sus buzos enormes y sus pantalones de pijama. Se probó unos jeans azules y agradeció que fuera invierno, ya que con ellos podía cubrir todas sus piernas. Luego abrochó una camisa celeste y su mano asomando por el puño abotonado no le hizo gracia. Entonces enfrentó el espejo y comenzó a peinar su cabello. Sabía que debía dejarlo suelto, intentó cubrir su mejilla pero siempre podía ver algo que no le gustaba. ¿Dónde estaba su capucha? ¿Cómo iba a salir sin ella?, pensaba cargado de nervios. Había viajado kilómetros, había decidido iniciar de nuevo y ahora una simple prenda no le permitía continuar. Emitió un ligero grito para eliminar la frustración y finalmente tomó coraje. Necesitaba intentarlo al menos. Buscó su abrigo y agradeciendo que tuviera capucha, salió en dirección a las oficinas de Alpha communication. Caminaba con prisa sobre sus botas de taco bajo y ni bien llegó a la puerta el temor regresó para paralizarla de nuevo. ¿Cómo se suponía que debía hacerlo? No deseaba contar la historia de sus quemaduras, no de nuevo. Si hubiera existido una máscara que la cubriera por completo de seguro la hubiera utilizado. Estaba a punto de desistir cuando su teléfono le indicó la llegada de un mensaje, uno que tenía un sonido especial, uno que llegaba sin interrupciones cada día, aunque ella no lo respondiera. Uno que había creído que no deseaba, pero en realidad era lo único que ansiaba cada mañana. -Hola, Afrodita, hoy no es un día para llorar.- decía el mensaje y ella apretó los labios para luego tomar aire y suspirar. Todavía no entendía como podía ser tan asertivo, incluso a kilómetros de distancia. Aunque sabía que no debía ni siquiera leerlos, en lo profundo de su corazón agradecía que continuara enviando un mensaje cada día. Tomando valor ingresó al edificio y preguntó por la oficina a la que debía ir, ignorando la mirada curiosa del hombre de la recepción. Agradeció subir sola en el ascensor y cuando finalmente tocó la puerta que le habían indicado ingresó conteniendo sus nervios. Una mujer bastante mayor que ella, de porte elegante y zapatos de tacón le ofreció su mano. Bianca no tuvo más remedio que entregar la suya y luego de un escueto intercambio en el que ambas decidieron ignorar el aspecto de su piel, la invitó a tomar asiento. -Bueno, bienvenida a nuestras oficinas, señorita Bianca. Me gustaría que se sienta cómoda aquí y que sepa que puedes consultarme ante cualquier duda. La idea es que formemos un equipo de intérpretes que si bien se manejarán desde sus domicilios tendrán mi línea abierta para poder asistirles.- le explicó al mujer con una mirada empática, que intentaba no detenerse en su rostro, cubierto parcialmente por su cabello. -Muchas gracias, espero poder estar a la altura de las circunstancias, se que solo debo escuchar y traducir, creo que puedo hacerlo.- le dijo intentando no sonar nerviosa. -Estupendo entonces, mañana te ha de llegar el ordenador con los micrófonos y auriculares a tu piso y luego podremos comenzar con la capacitación. Si a ti te parece bien, solo queda firmar el contrato. - le dijo sin perder su sonrisa. Bianca agradeció que hubiera sido breve, si bien sentía que lo estaba haciendo bien, no estaba segura de cuánto podría aguantarlo. -SI, si, muchas gracias, ha sido usted muy amable.- le respondió y al ver que la mujer se ponía de pie, la imitó. -Oh, no quédate, por favor. Enviaré a alguien para fijar honorarios así no tienes que moverte.- le dijo la mujer y ella no supo si agradecer o sentirse ofendida. Una cosa era que no hubiera preguntado acerca de su aspecto y otra que no quisiera que nadie más viera. La mujer pareció percibir su desagrado, porque regresó sobre sus pasos y colocó su mano sobre su hombro en un gesto que pareció extraño en ella. -Lo hago siempre querida, es más sencillo de ese modo.- le dijo y antes de continuar arruinando aquella presentación abandonó la oficina. Bianca respiró luego de que la puerta se cerrara. No había sido tan malo, pensaba para convencerse. Iba a trabajar desde su piso, solo tendría que ir una vez al mes y si todo acontecía en esa oficina estaría a salvo.. Estaba perdida en tus pensamientos cuando la puerta se abrió de manera intempestiva. -Oh, lo siento, creí que la Señora Alfonso se había retirado.- dijo una joven risueña de cabello enrulado y ojos grandes. Bianca acomodó su cabello para ocultar su rostro y sonrió de manera fingida. -¿Eres la nueva intérprete?- le preguntó la joven acercándose más. Bianca asintió con su cabeza conteniendo los nervios. -¡ qué buena noticia! Es que tanto curro ya me estaba devorando. Soy Reyes, encantada de compartir mis tareas contigo.- le dijo la española acercándose para estrechar su mano con prisa. -Soy Bianca.- fue lo único que pudo responderle justo cuando unos golpes volvían a anticipar la apertura de la puerta una vez más. Entonces ambas mujeres desviaron su vista hacia ella y, en esta oportunidad, Bianca no pudo creer lo que sus ojos veían.
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