Sofía. El mundo regresó a mí en forma de sonidos tenues. Entre las brumas del sueño, distinguí el eco de unos murmullos rítmicos y, poco después, la calidez de dos besos distintos: uno, ligero como un roce en mi frente, y otro, más profundo y pausado en mi mejilla. Abrí los ojos con una pereza deliciosa, dándome cuenta de que estaba prácticamente fundida contra el pecho de Marius, quien todavía se encontraba sumido en un sueño profundo y plácido. —¿Amores? —murmuré con la voz ronca por el descanso. Levanté la cabeza con esfuerzo, frotándome los ojos para aclarar la vista. En la inmensidad de la cama, solo quedábamos Marius, Marko, Samuel y yo. El espacio se sentía extrañamente tranquilo, envuelto en el aroma a sándalo y piel. —Hola, nena —la voz de Camillo me hizo girar el rostro. Lo

