Federico. —Graziella siempre ha estado enamorada de ellos —dije, tratando de justificar lo injustificable ante la mujer que tenía enfrente. —Eso no le da derecho a tocar lo que es mío. Pensé que tu familia tenía clase, pero besar a un hombre con pareja es lo más bajo que puede caer una mujer —replicó Sofía. Su rostro, antes pálido por la ansiedad, se transformó en una máscara de frialdad que, honestamente, resultaba aterradora. Me quedé en silencio, desarmado por su lógica. Tenía razón. Graziella siempre había usado su apellido como un escudo para su falta de escrúpulos. —Dile a tu hermana que si vuelve a acercarse a uno de ellos, no solo será su nariz lo que termine roto. Y no esperes que me arrepienta. —sentenció antes de darse la vuelta y alejarse con una elegancia feroz. La observ

