5: La Santa y el Fuego

1365 Words
Sofía. Por fin, era fin de semana. Mis días de descanso, de absoluta libertad para hacer lo que quisiera. Salí a correr por la mañana; me gusta mantener mi cuerpo activo, en parte porque adoro la comida chatarra y no quiero convertirme en una "vaca humana", como solía bromear. Mi mente, sin embargo, seguía atrapada en los tres hermanos mayores que conocí hace unos pocos días. Eran, sin duda, hombres esculpidos por los mismos dioses. Amos proyectaba una fuerza palpable. Era el más musculoso de los tres. De piel blanca como sus hermanos, cabello castaño y los típicos ojos grises. Compartía algunas pecas con Samuel, pero su barba varonil le daba un aire de absoluta madurez. Su mirada era intensa, siempre con una pizca de diversión calculada. Camillo se presentaba como el hombre tranquilo y sereno, pero con una sonrisa que era un arma. Liso de vello facial, su cabello castaño caía en pequeños rizos formados, menos pronunciados que los de Oscar. Era la elegancia discreta. Y luego estaba Leonardo. Un hombre que se asemejaba a un león en reposo. Su mirada era fría, calculadora y completamente dominante. Su cabello era de un rubio más claro que el de Marius, y su piel pálida acentuaba su aura de poder. Su sola presencia me intimidaba más que las exigencias ocasionales de Oscar. Los tres vestían con una elegancia impecable: camisas de botones, sacos, pantalones de vestir. Irradiaban el aura de hombres poderosos e inquebrantables. Y aunque no eran más hermosos que los menores, poseían la indiscutible sofisticación de la madurez y la experiencia. Los menores, en cambio, eran una mezcla de estilos: Marko, Oscar y Samuel eran casuales y rebeldes, mientras que Marius prefería el estilo preppy, con cuellos tortuga y prendas más estructuradas. Con veintiocho años, Leonardo era el mayor; Camillo y Amos tenían veintisiete. Oscar veintitrés, Marius estaba por cumplirlos, Marko veintidós, y Samuel ya casi veintiuno. Y aquí estaba yo, con diecinueve, rodeada de hombres que lograban erizar mi piel con una simple mirada. Debía dejar de pensar en ellos. No era saludable para mi pequeño corazón. Me concentré en desempacar las cajas que mis abuelos me habían enviado: mis libros, mis materiales de repostería y pintura, mis viejos peluches y las fotografías familiares. La mayoría de mis posesiones las había comprado yo, pero los regalos de mis abuelos eran tesoros invaluables. Mi abuela Sofía me había regalado mi primer kit de pinceles, los cuales atesoro y sigo usando. Mi celular sonó. Había comprado una línea local hace una semana. —Hola, Amelia —contesté. —Hola, Sofi. ¿Qué tal tu sábado? —Muy bien, acabo de recibir un par de paquetes con mis cosas —respondí, recostándome en el sofá. —Genial. Oye, ¿tienes algo que hacer esta noche? —¿En la noche? —Arrugué la nariz. Mis planes eran predecibles. —Nada, planeaba desvelarme dibujando. Sí, tan aburrida como suena. Mi apartamento solo tenía lo esencial: cama, sofá, cocina y baño. No tenía televisión, ni laptop, ni internet. Comía en la cama por falta de una mesa. Necesitaba ahorrar dinero con urgencia. —¡Perfecto! Ya que estás libre, me gustaría que te unieras a nosotras —dijo Amelia con entusiasmo. —Hay una fiesta en un club y prácticamente toda la universidad irá. Será divertido y nos quitaremos un poco el estrés de las clases. No soy una asidua de las fiestas, y cuando voy, solo bailo. Nunca bebo alcohol. Mi abuela Sofía siempre decía: "Nunca tomes nada que te ofrezca la gente; solo bebe cosas enlatadas y selladas". Es una regla que sigo al pie de la letra. —Sí, me gustaría liberar un poco de estrés. Las clases han sido complicadas —masajeé mi sien. —Entonces está decidido. Te envío la dirección y la hora. ¡Nos vemos en un rato, Sofi! —Lo mismo digo, Ameli. —Colgué y suspiré. Me había encariñado con Amelia; era mi única amiga por el momento. Gia, en cambio, apenas me dirigía la ppalabr. Me sorprendía la opulencia. Reservar un club entero para una fiesta era una frivolidad al nivel de esta universidad. Aquí se respiraba el dinero: conversaciones sobre viajes, restaurantes de lujo y marcas de diseño. Me alegraba que los Martileni, a pesar de ser los más ricos e influyentes, no fueran tan superficiales. Samuel era mi alma gemela de temas triviales: videojuegos, deportes y música. Con él me sentía libre y cómoda. Marius era el reservado. Hablábamos de mis pinturas o de sus bocetos de arquitectura. Marko era el más hablador. Con él podía hablar de todo, reír y ver videos de comida, su gran pasión. Oscar era diferente. Hablamos poco. Él fumaba y me observaba mientras dibujaba, o yo lo observaba a él. Me pedía que me quedara a su lado cuando estaba molesto. Cada uno era un universo diferente, y cada uno me hacía sentir bien y segura. Y esperaba sinceramente poder forjar una amistad con los otros tres. Me miré al espejo, lista para la noche. Elegí unos shorts negros que resaltaban mi trasero, un top color rosa pastel de manga larga y cuello cuadrado que dejaba ver mis clavículas, y unas botas negras altas. Arriba, una chaqueta de jeans negra. Usé un delineado sencillo, rímel y un lipgloss. Sabía que mi ropa no era de marca, y que en ese club, la moda sería un factor. Pero nunca me había sentido inferior por mi situación económica, ni envidiosa de las otras chicas. Solo me sentía inferior ante los hermanos Martileni, pero ellos insistían en demostrarme que eso no les importaba. Tomé mi pequeño bolso y salí. Pedí un taxi, pues aún no dominaba las rutas de autobuses. Llamé a Amelia para avisarle de mi llegada. Ella me esperaría en la entrada. —Grazie —le dije al conductor al pagar. Vi a Amelia en la puerta del club. Me sonrió y me tomó de la mano, y los guardias nos dejaron pasar sin problemas. El lugar gritaba lujo. Reconocí a varias personas de la universidad. Amelia me guio a una mesa donde estaban Gia y otros compañeros, los saludé con una sonrisa y escaneé la pista de baile. La fiesta era muy distinta a una rumba latina. Las chicas se movían sensualmente, se veían sexys, sí, pero con una contención elegante. Si fueran a una fiesta en mi país, se quedarían locos. Me imaginé perreando con intensidad, tirándome al suelo, saltando. Se quedarían locos cuando me vieran mover el culo. Sonreí ante el pensamiento y dirigí la mirada al segundo piso, donde estaban los palcos privados. Ahí, justo ahí, mis ojos se encontraron con los siete Martileni, rodeados de mujeres que los tocaban sin pudor. Dios, justo en el corazoncito. Los siete me miraron. Sus expresiones eran de sorpresa, de clara desconcentración. Parecía que me habían catalogado como la niña buena, la artista que solo sonríe y dibuja. No soy ninguna puta santa. Les devolví una sonrisa, la misma de siempre, pero con un matiz diferente. No debía afectarme verlos con otras. Eran mis amigos, mis amigos sexys que me hacían querer besarlos y perderme en sus brazos. Contrólate, Sofía. Me quité la chaqueta, la dejé sobre la silla. —Amelia, ¿vamos a bailar? —¡Claro! Muero por ver cómo se mueve una latina —se rio. Nos unimos a la multitud. Me coloqué de espaldas al balcón de los Martileni. Quería ser mala, quería que vieran que la chica de los dibujos y las sonrisas tenía un lado oculto, un fuego que ellos no esperaban. Me abandoné al ritmo de la música. Mi cuerpo, educado en el perreo y la salsa, tomó el control. Mis caderas se movían con una experiencia fluida e intensa. —¡Oh, por Dios! —Amelia se cubrió la boca con las manos al verme. —Tienes que enseñarme a mover el culo así. Reí sin detener mis movimientos. —Cuando quieras. Podía sentir las miradas en mí, no solo de los que estaban en la pista, sino las siete miradas congeladas desde el segundo piso. Estaban impresionados. Y mi trasero se movía, implacable, al centro de toda su atención.
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