Desesperada por erradicar la melancolía que envuelve mi mente, en una procesión ininterrumpida, corro a mi apartamento, me quito los zapatos llenos de barro, la ropa húmeda, me meto en una ducha relajante y me quedo hasta que la melancolía se marchita. Mi estómago ruge, provocando otro anhelo. Al salir de la ducha y secarme con una toalla, salgo desnuda del baño de vapor hacia la cocina, cuando la foto que colgué en la nevera hace unos días me provoca más angustia. Con crecientes sospechas sobre la amistad de Bruce y Judith, telefoneo a mi padre al instante. "Aiden Powell", contesta mi padre. Echo de menos el antiguo saludo, "Residencia Powell", pero ahora que papá ha enviudado y vive solo, el antiguo saludo me parece inadecuado. "Papá, ¿puedo pasarme esta noche?". "Claro, cariño. Has l

